El Futuro Glorioso de la Hinchada


Este cuento fue premiado con el 1º lugar en el Concurso de Cuentos de la Revista OSPOCE

Posee en parte el delirio que acompaña a los escritos de Alejandro Dolina, estilo que admiro y que tanto me gusta. Léanlo…

Yo era un verdadero hincha. Iba a la cancha con amigos ó solo.

A veces me hacía “la rabona” según el tipo de partido que se iba a jugar.

Si era por el campeonato, no faltaba nunca. Si era un “amistoso”, según. Si era contra algún equipo brasileño, ¡imposible eludir la cita!

En ocasiones llevábamos las banderas chicas, pero si el partido era importante, ya íbamos sabiendo que no veríamos el partido por la “tribunera”, esa bandera gigante que solía llevar el grupo de los mayores, para imponer respeto al adversario. Uno, con la excusa de tener que airear el flameado de la tela, hacía un agujerito y espiaba alguna que otra jugada por ahí.

Travesuras había a montones, pero sanas e inocentes. Como cuando en los entretiempos convencíamos a alguno de que el partido ya había terminado en victoria; el ingenuo que caía en la trampa, al otro día, debía soportar el peso de la ignorancia ante las carcajadas de sus rivales que le mostraban los titulares de los matutinos con las fotos de la amarga derrota.

Después de comer algo y de regreso a la tribuna, (otra vez debajo de nuestro gigantesco emblema), buscábamos nuestro agujero, que para ese entonces medía unos centímetros de más, y nos resignábamos con ver, por ese orificio, el resto del partido.

Para mitigar un poco la carencia de espectáculo visual, poníamos mucho énfasis en las letras de los cánticos. Tal es así, que de no haber sido por esos metros y metros de tela, nuestro desarrollo popular del cantito, quizá hubiera menguado.

Eran tiempos de los buenos… Épocas que no volverán.

Recuerdo que hubo un tiempo, en donde los cantitos se hicieron demasiado alusivos a la hinchada contraria. Tanto que, aún en eventos sin grandes banderas, los partidos pasaron a ser un mero pretexto para poner de manifiesto nuestra honda convicción de compositores. Por momentos, los jugadores dejaban sin movimiento el balón por temor a distraer a las hinchadas en su disputa por los mejores cánticos.
Cierta vez una tribuna le cantó a la de enfrente:

“Gracias público presente,
hoy le queremos cantar,
por ser tan inteligente
en venirnos a escuchar”.

Esto generaba un sinnúmero de griteríos y contiendas. No tanto por la cuestión futbolística, sino más bien por la autoría intelectual de la letra.

Desde esa fecha, sólo se permitió el uso de cantos debidamente registrados, cantados por sus autores ó, en su defecto, contando con el correspondiente permiso para interpretar el canto ajeno.

Se armó tal lío con esta cuestión, que se terminó por prohibir el uso de cantos en las canchas, ya que habían pasado como cuatro campeonatos sin que a nadie le importara quién iba primero y quién pasaba a la “B”.

Los hinchas, dolidos por tal decisión, se comprometieron a prestar más atención a los partidos, cantar sólo cantos poco elaborados y emitir algún que otro sonido como silbatinas, gritos de “oooole”, aplausos (pocos) y de vez en cuando algún calificativo fuerte pero no insultante para el árbitro el encuentro.

El Consejo Nacional del Hincha de Fútbol Autónomo, prometió a sus socios un pronto resarcimiento, creando un evento multitudinario en algún estadio, para nuevamente llevar a cabo sus duelos de cantos e himnos. Esta resolución la están esperando con ansias hace ya muchos años. Y más aún, anhelan el momento en el que, con las pruebas tangibles de las multitudinarias convocatorias, puedan arribar a la cancelación total del fútbol en todas sus formas para dar lugar a la verdadera pasión que encierra un estadio… ¡el canto de sus hinchas!

Raimundo

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