Mi grupo de jóvenes amigos.


Éramos un grupo de jóvenes amigos. No puedo decir que éramos muy unidos, porque estaría mintiendo. Es más, no puedo siquiera afirmar que fuésemos amigos. Dudo que alguno se jugara por el otro y no existía, en ninguno de los casos factibles, posibilidad alguna de viceversa. Tampoco podría poner las manos en el fuego si alguien me detuviera por la calle y me preguntara: “¿eran realmente un grupo?”.

Por lo tanto, sólo me resta decir que éramos jóvenes. Aunque pensándolo bien, ahora me entró la duda sobre lo de “jóvenes”. No tengo más remedio que afirmar que sólo “éramos” por más que algunos de nosotros nos preguntamos repetidamente: “¿qué seremos?”.

Lo cierto es que eran épocas doradas. Los años no pesaban tanto, aunque el médico insista en que engordé y son los kilos los que me pesan, (yo más bien creo haber engordado en años, porque antes tenía menos y me sentía mucho más liviano que ahora).

Teníamos un amigo (Hugo) que jugaba muy bien al ajedrez. Era demasiado bueno. Tal era su alto nivel en esta materia que cuando perdía (la mayoría de las veces) demostraba un asombro tal que daba pena. Sus gestos daban cuenta de una personalidad que no toleraba perder con un principiante, lo cual quedaba claro porque terminábamos buscando la torre en la mesa de billar, y el rey blanco entre los estantes de licores. Muchas veces teníamos que robar un poroto de la mesa de truco para poder reemplazar un peón que posteriormente era hallado entre servilletas de papel, pelusas y colillas de cigarrillos que eran barridos por algún mozo del bar “Bartolo” en Congreso entre Moldes y Vidal, allá en el porteño barrio de Belgrano.

El tema del ajedrez, cuando lo practicábamos con Hugo, era realmente un entretenimiento sano, hasta que perdía. Posteriormente ya nada era sano.

Pero lo importante es destacar el increíble sentido de superioridad que poseía Hugo y que sacaba a relucir en cada partida. Estaba seguro de que ganaría. Jamás se lo vio dudando de un final victorioso. Jamás preocupado por un jaque, por una dama perdida, por un alfil regalado. Tal era su confianza, que realmente creíamos que era el mejor. No porque lo fuera, sino porque lo impostaba. Era un ganador aunque perdiera. Un “langa” sin pinta alguna. Su imagen lo era todo. Y la hacía valer. Había llegado a tal punto su convencimiento de que era un excelente ajedrecista que aún hoy, cuando lo recordamos, lo consideramos un gran maestro del tablero.

A nuestro amor propio le convenía, dado que llegaba él con sus aires de gran jugador, y lo pasábamos como alambre caído. Pero él jamás cejaba en mantener su imagen en alto. Permanecía orgulloso, aún en la más cruenta derrota (peleando hasta último momento, aún con un solo peón contra el resto total de las piezas enemigas). Esa estampa era la que más nos impactaba. Nosotros deseábamos hacer caer su orgullo, pero era más fácil vencer en el ajedrez a Najdorf o a Karpov unas cien veces en un par de horas, que lograr restarle algo de honor a Hugo.

Mientras se desarrollaba la partida, habiendo perdido las dos terceras partes de sus piezas más estratégicas, él palmeaba el hombro de su contrincante como sintiendo pena por él.

Ante la pérdida de una partida, sólo se limitaba a decir: “Todavía te falta aprender mucho…”, mientras comenzaba a ordenar las piezas para una nueva batalla.

En éste punto tenía razón. Él decía que nadie podía llegar al final de la competencia con él, siendo que ésta jamás terminaba. Se jactaba de que todos cedían y abandonaban en la mejor parte. En realidad, para él, cualquiera era la mejor parte, y nosotros teníamos que irnos de allí en algún momento, algunos para hacer los deberes del colegio, otros para trabajar, otros para cuidar a un hermanito, etc. Él solía argumentar que lo nuestro eran excusas ante su gran conocimiento del juego. Nosotros nos cansamos de negarlo. Lo cierto es que nadie logró hacer que él se levante de la mesa primero. En eso se mantuvo firme hasta que dejamos de verlo.

Muchos crecimos y dejamos de frecuentar aquel bar. Otros lo hacían de modo cada vez más intermitente, encontrándose de tanto en tanto con Hugo, que estaba cada vez más jactancioso de su imbatible récord.

El bar “Bartolo” ya no existe. Hoy ocupa su lugar un supermercado de los que los porteños solemos llamar “de los coreanos” por las características orientales reflejadas en el rostro de sus dueños.

Los más nostálgicos se rehúsan a acercarse a la zona. Los que tenían que ir a comprar fideos por algún motivo (que muy bien puede ser apetito), aseguran haberlo visto haciéndoles señas desde el fondo, sentado en una esquina y con el tablero dispuesto a comenzar desde cero. Los más osados, afirman que no está Hugo en persona en el lugar, pero se huele la madera de las piezas del viejo ajedrez. Entre estos últimos, no falta quien saca de su bolsillo una servilleta de papel con un peón envuelto en su interior y con el barniz gastado en su parte superior, debido al uso continuo de su superficie para trasladarlo de una casilla a la otra durante miles de partidas a lo largo de decenas de años.

Nos queda el recuerdo de su ánimo y lo elevado de su coraje. No siempre se encuentra a un personaje como Hugo que no se dejó doblegar por la derrota, aunque se le presentó a cada momento, más precisamente dos ó tres veces en cada lapso menor a un minuto durante toda su vida.

Mi grupo de jóvenes amigos. Dedicatoria

    DEDICATORIA:

Escrito por Raimundo Baravaglio, a la memoria de aquella “banda” que coronó de travesuras el barrio de Belgrano (tengo algunas dudas sobre los segundos nombres pero los puse igual porque suenan bien. En otros casos tengo dudas sobre el nombre en sí y en otros sobre el pseudónimo, pero es bueno recordar y dejar plasmado en este blog tales memorias):

** a Norberto Ernesto Pizzano (primeramente guitarrista del grupo Aquiles y hoy -según tengo entendido- devenido en psicòlogo en Del Viso), ¿te acordás de las tardes en tu terraza tratando de encontrar el sonido exacto de “Here comes de sun” o de “She loves you yeah!” de los Beatles con el primer bafle y tu primer guitarra? Después llegó la Hondo II. ¿En cuál andarás ahora?

** a Hugo Daniel Estévez (primeramente bajista del grupo Aquiles, posteriormente limpiavidrios y actualmente músico envuelto en el éter de diversas cosechas). No confundir a este Hugo con quien se menciona en el texto de este blog. El Hugo “ajedrecista” era como un mueble más del bar Bartolo y vivía frente a él (al bar, claro). Este Hugo Estevez, está hoy tocando con el grupo Buenos Aires Negro. www.buenosairesnegro.com.ar

** al Negro Pelé, (amigo y mozo del bar “Bartolo”, primeramente vivía dentro del bar “Bartolo” en una habitación superior, -superior por la ubicación, no por sus comodidades- y luego se convirtió en uno de los primeros “okupas” en una casa de la calle Guayra y la vía. De él aún hoy ignoro su nombre, o quizá por elección descarté el nombre original por el mote que utilizábamos cordialmente entre nosotros para con él).

** a José, el otro mozo del “Bartolo” un personaje tan pasajero como otros.

** a los gallegos dueños del bar, (sin nombres), a los cuales hemos dado más de un dolor de cabeza con los paños de villar rotos, con las arandelas que utilizábamos a falta de dinero para las fichas del “flipper” y a quienes aún hoy (seguramente) todos los mencionados les debemos alguna bebida o sándwich de salame y queso.

** a Pablo, el uruguayo, (quién sabe dónde estarás querido amigo), quien me arrastró a comprender parte de los ritmos del candombe con sus tambores siempre bien templados y sus ritmos tan característicos. Ah!, fue además quien me llevó a ser un adicto dependiente de la yerba mate uruguaya sin palo, la cual (en aquel entonces) sólo se conseguía trayéndola desde Uruguay (igual que los cigarrillos Oxí-Bithué -no sé si se escribe así-, habíto que gracias a Dios pude abandonar definitivamente).
A este Pablo, el grupo Aquiles le había compuesto una canción que fue un verdadero hit: “Pablo se va a Uruguay”.

** a Oscar el mecánico, cuya casa fue un reducto en el cual nos infundíamos ánimo los “Aquiles” ensayando vez tras vez temas tan terribles que me da vergüenza confesar que escribí. El mismo que nos aconsejaba sabiamente (aunque iletradamente), “no le deas bola”. A pesar de su ignorancia del lenguaje, siempre mostró ser una excelente persona, al igual que el resto de su familia, que en aquellos días, nos recibía hasta largas horas de la noche en nuestros encuentros como grupo.

** a las chicas (Andrea y la hermana de Carolina -¿ven que no miento y que no recuerdo los nombres?-) que frecuentaban el kiosco en el que trabajé (¿trabajé?) y del cual nos surtíamos de gratuitas golosinas…

** a los grandes recitales en el salón de Cramer y Congreso, con ese público tan especial que me arrojaba sillas… (todavía me acuerdo de vos, Pato!)

A todos y a todos los demás que no nombré…

Un gran abrazo !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Yo.

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