Tan sólo un sueño…


A dos cuadras de su casa pasaba el colectivo. Subió, pagó su pasaje y se sentó… como siempre. Luego guardó el boleto en su bolsillo derecho y ya rumbo a su trabajo comenzó a mirar por la ventanilla hacia el tráfico… como siempre.

El gran vehículo iba muy rápido. Era el más moderno de esa línea de transportes. En el momento justo en que acomodaba su periódico para dar un vistazo rápido a los titulares del día (como era su costumbre de siempre), sube un pasajero con rostro familiar. Lo miró… Por un momento su pulso se detuvo y una gota de transpiración fría le corrió por la frente. Poco a poco, con sus manos temblando, bajó la vista.

Si era una casualidad no quería quedar en ridículo, mirando a este nuevo pasajero con esa cara que imaginó que se había dibujado en su propio rostro en ese extraño momento de estupor. Ahora… Si no era casualidad… ¿Qué era?

Su curiosidad merecía una segunda oportunidad, le clavó los ojos… No cabía duda, ¡era él mismo! Pero con algunos rasgos diferentes, podría tratarse de alguien dos ó tres años más viejo que su “yo” actual… Otra ropa, otro peinado, (lo consideró un tanto raro para su gusto actual), y los mismos zapatos… pero más viejos y muy gastados.

Horrorizado, observó que hacía las mismas cosas que él hacía en cada viaje… Guardaba su boleto, buscaba un asiento libre y una vez cómodo, daba un vistazo hacia la calle antes de sacar su periódico para dar una mirada a las últimas novedades. Obviamente no prestaba atención alguna a quienes estaban a su alrededor, ¡como siempre!

En la próxima parada, subió otra vez él mismo… Esta vez, seis años mayor, algo más cansado y apagado, repitiendo su cotidiano rito ya mencionado. Esta vez, con otros zapatos, un nuevo maletín y el pelo tal como a él le gustaba. Pensó que se habría tratado de una moda temporal de su “futuro yo” más próximo.

Se le ocurrió pensar que estaba soñando, pero decidió esperar a ver qué ocurría antes de intentar pellizcarse. “Los sueños nos enseñan cosas y, en tal caso, prefiero no acelerar mi regreso al mundo de los despiertos para ver qué resulta de todo esto”, pensó con no poca lógica.

Parada tras parada, fueron subiendo y ubicándose sus “próximos yo”, con una diferencia de edad, de dos a seis años, entre uno y otro.

Estaba absorto, queriendo descifrar semejante visión, cuando notó que no quedaban más asientos libres y comenzaban a pararse por el pasillo, agarrándose de los pasamanos.

Pronto comenzaron a subir los de mayor edad, digamos, entre sesenta y setenta años, y ninguno de los más jóvenes hizo el menor intento de cederle a alguno su asiento.

Recordó lo mucho que le molestaba viajar parado y, mucho más aún, lo que le costaba tener que abandonar su asiento para dárselo a otra persona. “Después de todo”, siempre se decía, “tengo derecho a seguir sentado porque llegué primero”. Pero la ocasional circunstancia de estar viviendo cerca de la terminal de colectivos no le daba ningún derecho, aunque él así lo creía. O quizá decía creer eso, porque sabía perfectamente que era sólo una excusa (la mejor que poseía en este caso) a la que no estaba dispuesto a renunciar fácilmente.

Ya se acercaba a su trabajo, era todo tan irreal…

Alguien tocó su hombro… Bruscamente giró su cabeza y miró con pavor a su mismo rostro que le decía cordialmente:

– Perdón, ¿lo conozco? –

Él, retornando a su posición anterior con la misma rapidez y dureza gritó:

– ¡Nooo, imposible! – y de este modo se rechazó a sí mismo, no sin cierto remordimiento pero a la vez, culpándose de siempre estar metiendo las narices en donde no debía.

De pronto subió un anciano con su bastón que, siendo él mismo, pedía por favor que alguien le cediera un asiento. Ninguno fue capaz de alzar su vista.

Sintió el chirriar de las ruedas y su cabeza casi golpea contra el respaldo del asiento delantero al suyo. Escuchó también el golpe seco de la espalda de aquel pobre viejo dar contra el suelo, luego de haber golpeado su cabeza por varios de los tubos metálicos que estaban ubicados a los lados del pasillo.

En la siguiente parada nadie subió…

Abandonó su asiento (por primera vez entre tantos viajes) y se acercó al cuerpo golpeado, perplejo por la indiferencia de los demás, y trató de levantarlo. Inmediatamente otro ocupó su lugar sin dar importancia al hecho, mientras miraba hacia la ventana y comenzaba a preparar el periódico sobre su falda.

Él notó que sus manos estaban manchadas con sangre. Se le anudó la garganta y de cada ojo le brotó una lágrima, ambas le recorrieron la cara y se encontraron en su mentón, formando una lágrima más grande, que cayó sobre el pecho del anciano, quien con su último aliento alcanzó a balbucear:

– Pensé que jamás ibas a cambiar. – Y murió en sus propios brazos. Él mismo, vivo, se sostuvo a sí mismo durante su agonía. Ahora estaba muerto.

El chofer, que ya lo conocía, detuvo el colectivo en la parada del trabajo. Él alcanzó a escuchar su voz como de otro lugar, como de otra dimensión:

– ¡Vamos, señor! ¡Va a llegar tarde… ¡Otra vez se durmió! ¿Es que nunca piensa en acostarse temprano? –

Había sido sólo un sueño. pero él se juró que nunca volvería a ser el mismo… ¡como siempre!

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