Continuación de la presentación de Don Eleuterio


Noté que Don Eleuterio estaba tranquilo.

Le habían dicho que espere a un señor llamado Raimundo que lo entrevistaría. Cuando me acerqué fue todo muy rápido. Digo… Rápido porque tropecé con la pata de una mesa y me caí arriba de él.

– ¡Epa! Casi no cuenta el cuento…- me dijo mientras me ayudaba a enderezarme. Se lo veía como un hombre sociable y con una amabilidad que contrastaba con el ambiente opacado del lugar.

– ¿Usted es Don Eleuterio?

El hombre abrió lo ojos como viendo un espíritu, y con la respiración entrecortada me dijo:

– ¿C… Có… Cómo lo supo?

– Soy el reportero de ~PROFERAY~.

De pronto le volvió el color. O más bien, se puso rojo. Morado, sería más acertado.

– ¡Usté está loco! ¡¿Cómo me va a asustar así?!

– Disculpe…

– Casi me muero…

– No quise.

– Acá nadie quiere, pero todos pueden. Lo vengo estudiando.

– Si quiere podemos empezar el reportaje, así lo dejo tranquilo más pronto.

– Tá bien, mijo, empiece…

Así tuvo lugar el primer contacto. No fue muy ceremonioso, ni tampoco muy efusivo, pero fue. Eso es lo que más importa.

Ahora queda en ustedes poder descubrir el potencial escondido en este extraño ser con mucha sabiduría de Dios, alcanzada por su fe y su amor por el suelo argentino.

Intenté comenzar de cero, como cualquier reportaje que solemos hacer en ~PROFERAY~…

– Dígame su nombre.

– Don Eleuterio.

– Eleuterio, es su nombre. ¿Su apellido?

– Paredes. Don Eleuterio Paredes.

– ¿De dónde viene?

– De mi pueblo: Pago Grande.

– ¿Es muy grande?

– Sí, tenemos de todo.

– ¿A qué le llama “de todo”?

– Mire, si le cuento cosa por cosa, no le va a alcanzar ni diez casét del grabadorcito de mano! Mejor pregunte por lo que no tenemos.

– No creo que pueda ser tan grande… Debe tener limitaciones.

– Eso cree, pregunte nomás.

– ¿Dónde queda?

– Al sur de la Rioja, pero un poco más al norte de Ushuaia.

– Muy ilustrativo… Pero ¿dónde?

– Entre la Cordillera de Los Andes y Mar del Plata. ¡No se puede perder!

– No, seguro que no. ¿Qué adelantos tecnológicos poseen?

– Tenemos de todo, tenemos.

– Eso ya lo dijo, pero ¿cuáles?

– ¿Oyó hablar de la clonación humana?

– No me va a decir que…

– ¡Le digo y le re-digo! Somos los creadores de la seguridad clonada.

– ¿¿¿Quéee???

– Teníamos un problema de seguridad, como usted sabrá… Entonces, en 1952, el Alfonso Nicolino, hijo de uno de los pioneros de Pago Grande, (médico él), empezó a metérsele en la cabeza el tema de las duplicaciones, pero como todavía no existía la fotocopiadora, se puso a duplicar gente con el tema de los genes.

– ¡Increíble!

– No dude, mijo, no dude. Entonces, cuando vimos que pudo duplicar a la abuela del Rosendo Bedoya, nos pusimos de acuerdo y reunimos al “Gran Consejo” (que siempre nos dá una mano con los temas delicáos) y se votó que sí.

– ¿Que sí, qué?

– ¡Ah!, ¡no sé! “El voto es secreto” nos dijeron. Pero a partir de ahí, agarramos al suboficial Tito Echegoyen y lo metimos de prepo en la casa del Alfonso para que lo duplique. Salimos corriendo porque el Alfonso siente un cariño muy peculiar con cualquier bicho que camina cerca para hacerle experimentos, ¿vió? Entonces así resolvimos el problema de la inseguridá.

– No entiendo.

– Y claro… Su mente finita no comprende las proezas de Pago Grande.

– ¡No! Lo que no entiendo es cómo hicieron para frenar la inseguridad.

– Es que hicimos dos mil quinientos y pico de Titos iguales (con uniforme y todo) y los mandamos a la calle a patrullar.

– Y terminaron con la inseguridad…

– Bueno, con toda, toda, toda la inseguridad no. Porque imagínese que cuando ahora los Titos salen todos a la calle, no se sabe cuál es el original. Y si uno les grita: “¡Che, Tito!”, lo miran más de cinco mil ojos.

– ¿No dijo que eran dos mil y pico?

– Parece lento… ¡Haga la cuenta mijo! ¡Cada uno tiene dos ojos!

– ¿Y cómo van a hacer para detectar al original?

– Estamos elaborando un plan de reconocimiento, pero nos puede llevar siglos y el presupuesto no nos permite congelar a todos los Titos para estudiarlos por tanto tiempo.

– ¡Seguro que me va a decir que también conocen la técnica de congelamiento y descongelamiento humano!

– ¿Quién cree que la inventó?

– No le creo una palabra.

– Y claro. Acá las noticias deben llegar distorsionadas.

– No. Ni nos llegan.

– ¿Vé? Seguro que dicen que Walt Disney está congelado.

– ¡Sí pero eso es mentira!

– Ya lo sé… Nosotros le pasamos la fórmula a los yankies, pero ellos, como quieren ser los primeros en todo, lo hicieron a su manera y no pudieron lograrlo.

– ¿Y ustedes sí?

– Tengo al Replegado congelado y cada tanto lo saco del fríser y lo descongelo para peinarlo un poco, lo llevo a dar unas vueltas y después lo congelo de nuevo.

– ¿¿¿Quién es “Replegado”???

– Mi primer caballo. Ahora ando con el Molibdeno, es mucho más ergonómico.

– ¿Y saca a su caballo del freezer y lo vuelve a colocar? ¿De qué freezer me habla?

– Bueno, todos en Pago Grande tenemos fríser propio en domicilio con capacidá para treinta personas sentadas y cien más paradas.

– ¡Qué exagerado!

– ¿Le parece? Usté no vió el que tiene el Turco Weissman. Es casi como un estadio. Con decirle que congeló una jugada entera de una final entre “Deportivo Pago Grande” y “Defensores de Lago Hundido”. Lo que pasa es que lo consiguió en oferta en uno de estos Yópin de los grandes nuevos que pusieron ahora.

– Me parece que su exageración es demasiada…

– ¡Jamás! ¡Don Eleuterio, no se achica, pero tampoco se agranda!

– Dijo que su primer caballo se llamaba “Replegado”, ¿no le parece un nombre raro para un caballo?

– Depende de su función. El Molibdeno se llama así porque yo quise. Pero el Replegado ya se llamaba así de fábrica.

– ¿Cómo de fábrica?

– Sí, en Pago Grande, todo lo hacemos genéticamente.

– Cuénteme…

– El Replegado me trajo muchas satisfacciones, cuando era necesario, le ajustaba las patas delanteras o las traseras. podía alargarle un poco el lomo, y así entraban sentadas cómodamente unas dieciséis personas con sus bultos.

– ¡No!

– ¡Sí! Y pa’ las fiestas, le estirábamos las patas y podíamos ponerle la estrallita al pino de la plaza, veinte metros mire. Por eso, en Pago Grande se suspendió la fabricación de escaleras. Era pérdida de tiempo. Ahora se dedican a hacer todo genético.

– ¿Como qué, por ejemplo?

– Tenemos, ciruela genética, salsa de tomate genética, mascota genética, ¡cualquier cosa!

– Seguro que lo del mapa genético…

– ¡Me lo sacó de la boca! Usté sabe que Bill Clinton nos mandó un científico que vino a espiar a Pago Grande nuestros adelantos en la materia. Y se llevó algunas ideas que nosotros ya conocíamos desde 1957. El mapa del genoma humano, para nosotros es un juego de niños.

– ¿Qué dice?

– Sí, mire, le traje la propaganda de un diario de Pago Grande, mire… Dice “Ahora jugar con mami y papi, es más divertido con el ‘Mapa del Genoma Humano’ (a partir de los 3 años). Creá todas las cosas que quieras cuando quieras y en las cantidades que quieras. Sólo tenés que conseguir una pizca de ADN, y listo… ¡así de fácil y entretenido!

– No lo puedo creer…

– Porque usté es un dormido, mijo. Abra los ojos, se lo estoy mostrando.

Las cosas que sucedieron, me llevaron a pensar que el hombre estaba loco, o quizá tenía realmente escondido algo que yo no conocía.

Espero que en próximos mensajes les pueda acercar más párrafos de la impresionante historia de Don Eleuterio y su tierra: Pago Grande.

Además, próximamente: La siembra del choclo. Secretos, mitos y realidades de una de las tradiciones más antiguas del campo.

Nos vemos…

Raimundo

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