Claves de interpretación bíblica


Ray
Mientras leés este mensaje, tené en cuenta que te sigo observando…

Hace muuuuuuchos años, alguien me recomendó este libro, de un autor apellidado “De La Fuente” y que realmente me hizo pensar paso a paso las lecturas que iba realizando en el Gran Libro de la vida cristiana que Dios nos ha dejado como manual para aprender a caminar dentro de los locos parámetros de este mundo.

Es un libro sencillo, pero profundo. Marca las diferencias entre un libro y otro; nos alerta sobre aquellos aspectos que muchos no toman en cuenta (aún siervos de Dios) y que en muchas oportunidades han llevado a las ovejas a pastos secos, poco alimenticios y algunas veces hasta mortalmente venenosos.

¿Qué explica este libro? Simplemente que para comprender lo que Dios quiere decir a través de los distintos libros que componen toda la biblia, es necesario tener en cuenta los aspectos allí mencionados.

Muchas veces, la “revelación” de un pasaje no es más que una mera “sensación” de deseo de que Dios al fin nos diga o revele algo novedoso para compartir con nuestras ovejas.

El mensaje del evangelio (y su poder) están en infinidad de ministerios tapados por las necesidades de ofrecer mayores actividades sociales para entretener a los asistentes; en adornar con diseños ostentosos lo que no permiten que el Espíritu Santo adorne…; en albergar cada vez mayor cantidad de almas… aún a costa de perder las que se tienen.

El Señor nos ha llamado a predicar el Evangelio del Reino.

Cuantas cosas puedan adornar este mensaje… serán inútiles. El mensaje es uno. Quienes pueden variar en cantidad son los mensajeros. Las formas pueden ser distintas, pero el mensaje debe llegar certero.

La liviandad, las promesas muchas veces incumplidas, las ofertas a mansalva, sólo logran que el mundo descrea de la verdadera raíz del mensaje cristiano. Más aún, cuando el ejemplo que algunos dan es pésimo. Arengan a los cristianos con frases como “Hay ángeles que te cuidan”, pero se retiran y casi conviven con guardias de seguridad por doquier.

Hace poco escuché la siguiente frase de un ser humano. Un hombre. Un alma. Dijo: “El templo se ha convertido en una comisaría”. No porque tuviera temor. Sino porque realmente daba esa imagen tal lugar. Para entrar era necesario (casi) mostrar identificación…

Jesús predicó en el monte. Realmente los ángeles lo servían. No permitió a Pedro hacer uso de la violencia para su defensa. Tenía claro que cuantas cosas fueran necesario padecer por la voluntad de Dios, sería inútil evitarlas.

El apóstol Pablo, en una oportunidad, fue apedreado en Listra. Luego lo arrastraron hacia las afueras de la ciudad, y lo dejaron allí, porque creían que estaba muerto. (Tal era la imagen y la sensación que tenían de él, de cómo había quedado por la arrojada de piedras). ¿Qué hizo Pablo? Tan pronto como logró ponerse en pie, volvió a entrar en la ciudad que lo había rechazado y continuó su labor. La fortaleza que poseía era sobrehumana, sobrenatural, venía de Dios mismo, que le decía a su corazón: “Regresa, porque aún no he terminado de hablarles”.

Esteban, lleno del Espíritu Santo alzó los ojos al cielo y mientras veía la Gloria de Dios, gritó lo que estaba observando. Esa imagen no podía ser opacada por la lluvia de piedras que el grupo de religiosos de la época le arrojaba, con furia, crujiendo los dientes contra él… porque entendían que era inútil intentar callarlo, era necesario matarlo: el único modo humanamente posible de detenerlo.

Pues bien. Muchos pueden agitar una biblia y gritar sus “verdades” a medias, teñidas de colores para asombrar los oídos. Pero el que verdaderamente quiera oír: OYE !

Raimundo
©2006

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