A los Siervos de Dios


“Pero de los que tenían reputación de ser algo (lo que hayan sido en otro tiempo nada me importa; Dios no hace acepción de personas), a mí, pues, los de reputación nada nuevo me comunicaron”

Gálatas 2:6

Interesante pasaje.

Pablo no seguía los comentarios de la congregación, que tenían en demasiada estima a los “grandes” apóstoles, tanto que los consideraban más autoridad que cualquiera en materia de doctrina y estudio de la palabra.

Tampoco los menospreciaba, simplemente se consideraba un igual. No tenía temor alguno de lo que pudieran decirle. Pero tampoco encontró grandes respuestas más allá de cosas que ya le eran familiares, dado que las había recibido por revelación. Veamos, cómo lo relata:

“Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.”

Gálatas 1:11-12

Pablo fue instruido por Dios mismo en la forma, alcance y desarrollo de su ministerio, mediante revelaciones.
No necesitó ayuda humana para conocer a Dios. Es inevitable… Lo que conocemos de Dios, lo conocemos porque Dios nos toca. Dios nos habla. Dios nos bendice. Dios es quien hace todo.

Pero, lamentablemente, muchos predicadores, evangelistas, pastores, líderes, maestros, etc., creen que son gran cosa por el hecho de que son usados por Él. Este pecado es viejo, pero aún sigue teniendo el poder de echar a perder muchas almas: El orgullo.
Se olvidan estos hombres que sólo son instrumentos en Sus manos. Servidores. Esclavos por amor a una causa que es la más maravillosa que pueda existir en todo el universo: la predicación del Evangelio.

El mensaje del Evangelio, no requiere de adornos cosméticos, ni tecnológicos, ni de diseños modernos para ser enfatizado. El mensaje del Evangelio posee en sí mismo el poder de convencer las almas. El mensaje de Jesucristo es en sí mismo el Énfasis (sí, con mayúsculas).

Veamos qué dice Pablo de ciertos predicadores del evangelio (quienes nieguen que se trata de tales, por favor, lean el contexto de estos pasajes…):

“Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos.”
2ª Corintios 10:12

[…]

“Mas el que se gloría, gloríese en el Señor; porque no es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien Dios alaba.”
2ª Corintios 10:17-18

Ahora responde con sinceridad (si puedes):

¿Te alaba Dios por lo que haces o en todo lo que haces buscas el reconocimiento de los hombres?

¿Buscas que la imagen del Señor se imprima en el corazón de las almas?, ¿o frecuentas en tus mensajes las opiniones favorables hacia tí mismo, tus grandes éxitos evangelísticos, tus méritos en el estudio bíblico, tus títulos, tus “contactos” ó amistades que posees (en los que consideras “grandes círculos”) dentro de diversas organizaciones o movimientos del cristianismo?

¿Te humillas ante Dios? ¿O estás comenzando a pensar que Él te necesita y te has convertido de alguna manera en irremplazable?

Arrepiéntete y cuida el don de Dios que hay en tí. Porque el Señor es un Dios celoso y aún puedes perder la carrera y quedar eliminado. ¡Pablo mismo no tenía modo de afirmar que lo lograría!
¡¡¡ El tiempo está cerca !!!

Un gran abrazo,

Raimundo

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