Si tan sólo me leyeras…


Tu vida posee para Dios un valor que supera (aún varias veces) el que tú crees que tiene.

En el transcurso de nuestras vidas somo heridos, lastimados, y padecemos todo tipo de injusticias en nuestro caminar.

Me han llegado muchas respuestas a mis mensajes, en donde me agradecen porque han recibido consuelo por algún difícil momento que les ha tocado atravesar.

No puedo citar (por respeto a su privacidad) sus nombres, pero debo decir que en algunos, Dios me habló al corazón, dado que se asemejaban a algunas experiencias de dolor que yo mismo he tenido que sufrir en esta vida. (Agradezco dichos mensajes y anhelo seguir manteniendo la amistad que se forjó en los mismos).

Lo cierto es que el sufrimiento, de uno u otro modo, tiene una influencia directa en la formación de nuestro carácter.

La injusticia (ese bofetazo innecesario de la vida que quizá aún hoy sigue produciéndote dolor), abre tus ojos a realidades oscuras e insospechadas, pero por otro lado te lleva a buscar auxilio.

En mi experiencia de dolor, busqué auxilio en lugares equivocados. ¿Por qué digo esto? Porque sólo Dios puede dar una verdadera solución a los dolores del alma. Y en ocasiones, buscamos a Dios en las piedras, en gurúes, en filosofías milenarias de otras culturas que nada tienen que ver con nuestra realidad.

Sin embargo, Dios se acerca a nosotros como persona. Sin vestiduras raras, sin ritualismos de ninguna clase. El hombre adorna sus experiencias con Dios con cosas ajenas a la persona de Dios y a Su mensaje.

Conocí el miedo. He atravesado años enteros de temor en los que realizaba conjeturas mentales que sólo me esclavizaban más a ese miedo.

Llevé ese miedo horrible por casi 20 (sí! veinte) años sobre mis hombros.

Tal era la estructura de ese temor (y tan arraigado estaba) que aún luego de tener un encuentro con Dios, ese temor seguía allí…

Esto me llevó a vivir una “doble vida”, fingiendo por un lado bienestar espiritual, pero cayendo en la más profunda soledad en la intimidad de mi habitación.

No se prolongó demasiado más, dado que logré detectarlo y me fue posible confesar aquel hecho dramático que me había esclavizado desde niño. (Cuando digo que lo “detecté” es porque no lo había reconocido como algo malo, sino que estaba tan acostumbrado a ese sentimiento, que creía que era parte de mí y que seguiría siempre allí).

Yo pensaba que al haberlo confesado a Dios, era suficiente. Pero no fue así. Necesitaba hacer público el perdón que Dios me había otorgado en esa área.

Al no hacerlo público, existía en mi alma un área en donde Dios no tenía acceso pues parado frente a la puerta de esa área, seguía reinando cómodamente “el miedo”.

Me tomé mi tiempo hasta encontrar a una persona apropiada para confesarle mis temores y hechos del pasado. Debía ser una persona sabia, con una relación sana con Dios. Al fin pude hallarlo.

¿Cuál era ese miedo? Miedo a contar los hechos vergonzosos de mi niñez y luego ser rechazado.

Temor a sufrir una vez más otra injusticia y recibir otro “azote de la vida” en lugar del consuelo que tanto necesitaba.

Hoy no me arrepiento de haber contado mis secretos más guardados, pues Dios me dio plena libertad al respecto.

Existe un texto muy edificante en la palabra de Dios para nuestras vidas, sencillo (y por muchos conocido) pero estrictamente cierto, como toda palabra que sale de la boca de Dios, y dice así:

“Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.”
Juan 6:35

y luego dice:

“Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.”
Juan 6:37

¡No nos echará fuera!
Si venimos a Él… ¡nos recibirá! Estemos en la condición que estemos.

Ahora bien… Sepamos buscar a la persona correcta para abrirle nuestro corazón.

Si ya le has dicho todo a Dios, pero necesitas hablar con alguien que te comprenda, pídele dirección a Dios para que tus palabras no caigan en oídos equivocados.

Yo personalmente tomé la determinación de confesar todo lo que me mantenía atado, pero aguardé hasta estar seguro de que mi interlocutor me inspirara legítima confianza.

Dios te guiará para que puedas dejar esa carga a un lado y continuar libre de ese inútil peso que no te corresponde seguir llevando, pues para eso murió también Jesús y ya cargó con tus angustias.

Setecientos cincuenta años antes de que Jesús muriera, el profeta Isaías anticipó:

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores;(C) y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido.

Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.”

Isaías 53:4-5

A pesar de haber sido escrito con tanta antelación a los hechos, Isaías ya lo presenta en tiempo pasado.

En la eternidad de Dios ya todo había ocurrido.

¡¡¡ Que el Señor te bendiga !!!

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