Las tretas de Satanás


Por Juan Wesley

No ignoramos sus maquinaciones (II Corintios 2:11).

Tan numerosos como las estrellas del cielo o las arenas de la mar, son los ardides con que el mañoso dios de este mundo pretende destruir a los hijos de Dios, o al menos atormentar a los que no puede destruir, estorbar y dejar perplejos a los que procuran emprender la carrera que les es propuesta. Empero me propongo hablar solamente de uno de esos artificios, si bien lo usa de varias maneras, por medio del cual se esfuerza en dividir el Evangelio en contra de sí mismo, y hacer que la una parte destruya a la otra.El reino interior del cielo, que está establecido en los corazones de todos los que se arrepienten y creen en el Evangelio, no es otra cosa sino “justicia, y paz, y gozo por el Espíritu Santo.”

Aun un niño en el Evangelio sabe que somos hechos partícipes de estas bendiciones, desde el momento en que creemos en Jesús, pero que son tan sólo los primeros frutos de su Espíritu-no son la cosecha misma. Si bien es cierto que estas bendiciones son sumamente grandes, sin embargo, esperamos ver otras aún más grandes. Abrigamos la esperanza de amar a Dios nuestro Señor, no sólo como le amamos ahora, con un afecto débil aunque sincero, sino de todo nuestro corazón, y de toda nuestra mente, y de toda nuestra alma, y de todas nuestras fuerzas. Aguardamos el poder de estar siempre gozosos, de orar sin cesar, de dar gracias en todo, sabiendo que “esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.” Esperamos ser hechos perfectos en el amor, en eso que destierra todo temor doloroso y todos los deseos, menos el de glorificar a Aquel a quien amamos, y de amarle y servirle más y más. Esperamos recibir tal aumento en el amor y tal conocimiento real de Dios nuestro Salvador, que podamos siempre andar en la luz “como él está en luz.” Creemos que estará en nosotros todo el sentir que estuvo en Cristo Jesús; que amaremos a todos los hombres de tal manera que estaremos listos a poner nuestra vida por ellos; que, debido a este amor, estaremos libres de la ira, de la soberbia, y de todo afecto pecaminoso.

Esperamos ser limpiados de todos nuestros ídolos, de toda inmundicia de carne y de espíritu; ser guardados de todas nuestras inmundicias, interiores y exteriores, y purificados como El es puro. Confiamos en la promesa de Aquel que no puede engañarnos, de que indudablemente llegará el día cuando en todas nuestras palabras y obras haremos su santa voluntad en la tierra como se hace en el cielo; día en el que toda nuestra conversación estará sazonada con sal, apta para administrar gracia a los oyentes; en que bien sea que comamos, que bebamos, o que hagamos cualquiera otra cosa, todo se hará para la gloria de Dios. En ese día, todas nuestras palabras y obras se harán en el nombre del Señor Jesús, “dando gracias siempre de todo al Dios y Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.”

Ahora bien, he aquí el gran ardid de Satanás: destruir la primera obra de Dios en el alma-o al menos estorbar su desarrollo-valiéndose de la esperanza que tenemos de una obra más grande. Por consiguiente, me propongo, en primer lugar, señalar los varios métodos de que se vale para llevar esto a cabo, y en segundo lugar, cómo podemos defendernos de las flechas que dispara el enemigo malo; cómo podemos elevarnos todavía más, valiéndonos del mismo medio que prepara a fin de que caigamos.

Paso, primeramente, a mencionar los diferentes métodos con que Satanás procura la destrucción de la primera obra de Dios en el alma, o al menos evitar su desarrollo valiéndose de la esperanza que tenemos en esa grande obra.

Procura desanimar el gozo que sentimos en el Señor, haciéndonos ver nuestra vileza, lo pecaminoso de la naturaleza humana y nuestra indignidad. Más aún, sugiere que debe haber en nosotros un cambio todavía mucho mayor, de otra manera no podremos ver al Señor. Si estuviésemos seguros de permanecer hasta el día de nuestra muerte en el grado a que hemos llegado, encontraríamos en ello algún consuelo-si bien no grande-pero sabiendo que no hemos de permanecer en esta condición-puesto que se nos asegura la existencia de un cambio mayor que está por venir-y que a no ser que todo pecado quede destruido en esta vida, no podremos ver la gloria de Dios, el adversario mañoso con frecuencia enfría el gozo que de otra manera sentiríamos con motivo de lo que ya hemos alcanzado, sugiriéndonos de un modo perverso lo mucho que no hemos alcanzado y la necesidad absoluta de alcanzarlo.

Así es que no podemos regocijarnos en lo que ya hemos alcanzado, porque hay mucho que todavía no alcanzamos. No podemos sentir plenamente la bondad de Dios que tanto ha hecho por nosotros, porque hay cosas mucho mayores que todavía no ha hecho. Igualmente, mientras más profunda es la convicción que Dios obra en nosotros de nuestra falta de santidad actual, y mientras más vehemente es el deseo de nuestro corazón de tener esa completa santidad que El nos ha prometido, más nos tienta el diablo a que menospreciemos los dones actuales de Dios, los que ya hemos recibido, haciéndonos pensar en los que no hemos alcanzado.

Si Satanás llega a conseguir esto, si puede enfriar nuestro gozo, muy pronto procede a atacar nuestra paz. Sugerirá estas ideas: “¿Eres digno de ver a Dios? El es demasiado puro para ver la iniquidad. ¿Cómo puedes engañarte hasta el grado de creer que te ve con benignidad? Dios es santo, tú eres pecador. ¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas? ¿Cómo es posible que tú, tan impuro como eres, puedas ser aceptado por Dios? Ves la marca, el premio de tu vocación celestial, pero ¿no está muy lejos de ti? ¿Con qué valor te figuras que tus pecados ya han sido borrados? ¿Cómo puede ser esto, antes de que estés más cerca de Dios, de que te asemejes a El mucho más?”

Con tales razones procurará no sólo trastornar vuestra paz, sino destruir su base; haceros volver insensiblemente al punto de donde partisteis primero, a buscar la justificación por medio de las obras, de vuestra justicia; a hacer de alguna cosa en vosotros el fundamento de vuestra aceptación, o al menos un requisito previo y necesario.

Si permanecemos firmes en nuestra creencia de que “nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo;” de que somos “justificados gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Cristo Jesús,” el diablo no se dará por vencido, sino que dirá: “El árbol por su fruto es conocido: ¿Tenéis los frutos de la justificación? ¿Tenéis el sentir de Cristo? ¿Estáis muertos al pecado y vivís en justicia? ¿Os habéis conformado a la muerte de Jesucristo y tenéis el poder de la resurrección?”

Entonces, al comparar lo insignificante de los frutos que sentimos en nuestras almas con la plenitud de las promesas, no podremos menos que exclamar: “En verdad que Dios no ha dicho que mis pecados han sido perdonados. Ciertamente que aún no he recibido la remisión de mis culpas. ¿Qué parte tengo entre los que ya están santificados?”

Muy especialmente insistirá en esto con la mayor vehemencia en la hora de la enfermedad y del dolor. “¿No dice Aquel que no puede mentir: Sin santidad nadie verá al Señor? Empero vosotros no sois santos, lo sabéis perfectamente, así como sabéis que la santidad es la imagen perfecta de Dios. ¡Qué lejos de vosotros está esa santidad! ¡A qué altura tan grande! No podéis alcanzarla, y por consiguiente, todos vuestros esfuerzos son en vano. Todo lo que habéis sufrido de nada vale. En balde habéis gastado vuestras fuerzas. Aun estáis en vuestros pecados y en ellos pereceréis.”

Así que si vuestra mirada no se fija en Aquel que llevó vuestras transgresiones, el diablo os traerá otra vez al “temor de la muerte,” por medio del cual estuvisteis tanto tiempo sujetos a la servidumbre. De esta manera debilitará vuestra paz y regocijo en el Señor, si no es que destruirá estas bendiciones para siempre.

Empero aún queda por mencionar su obra maestra de sutileza. No le satisface haber atacado vuestra paz y contento, sino que procura haceros mayores males. Procura atacar también vuestra justicia. Se esfuerza en debilitar-y si fuere posible destruir por completo-la santidad que ya tenéis, valiéndose de esa misma esperanza que acariciáis de recibir más, de alcanzar por completo la imagen de Dios.

De lo que ya se ha dicho se desprende en parte la manera con que procura hacer esto, puesto que, primeramente, al atacar vuestro gozo en el Señor ataca vuestra santidad, viendo que el gozo en el Señor es un medio precioso de promover todo temperamento santo, un instrumento del Señor con el que lleva a cabo mucho de su trabajo en el alma del creyente, y es una ayuda muy importante no sólo a la santidad interior, sino a la exterior. El gozo del Señor fortifica nuestras manos en la prosecución de la obra de la fe y de los esfuerzos del amor; nos ayuda a pelear con valor la batalla de la fe y a echar mano de la vida eterna.

Dios ha querido que ese gozo nos defienda en contra del sufrimiento interior y exterior; que nos ayude a que alcemos las manos caídas y las rodillas paralizadas. Por consiguiente, todo aquello que resfría nuestro gozo en el Señor, obstruye en esa proporción nuestra santidad, y por lo tanto, al debilitar nuestro gozo, Satanás impide también nuestra santidad.

Lo mismo sucederá si consigue de un modo o de otro debilitar o destruir nuestra paz, puesto que la paz de Dios es otro medio precioso para desarrollar la imagen de Dios en nuestras almas. Apenas puede concebirse una ayuda mayor a la santidad que la tranquilidad de espíritu no interrumpida, la firmeza de la mente que descansa en Dios y esa calma que reposa en la sangre de Jesús.

Sin esto es casi imposible crecer en la gracia y “en el conocimiento” vital “de nuestro Señor Jesucristo.” Porque todo temor, excepto el temor filial, hiela y paraliza el alma, seca todas las fuentes de la vida espiritual y paraliza todo movimiento del corazón hacia Dios. La duda enloda el alma, como quien dice, y la sumerge profundamente en el cieno. Por consiguiente, si el miedo y la duda prevalecen, se interrumpe en esa proporción el desarrollo de nuestra santidad.

Al mismo tiempo que-valiéndose de temores y de dudas-nuestro sabio adversario procura hacer que nuestra persuasión de la necesidad de un amor perfecto se convierta en un medio de debilitar nuestra paz, se esfuerza en debilitar nuestra fe, si no es que en destruirla. En verdad que la paz y la fe son inseparables, de manera que juntas deben permanecer o caer. Mientras existe la fe permanecemos en paz. Nuestro corazón está firme mientras creemos en el Señor. Pero si abandonamos nuestra fe-nuestra confianza filial en ese Dios que ama y que perdona-se acaba nuestra paz, habiéndose derrumbado la base misma sobre la que estaba edificada.

Y esta es la base de la santidad y de la paz. Por consiguiente, cualquiera cosa que destruye esta fe, destruye igualmente la raíz de la santidad, porque sin esta fe, sin esta conciencia de que Cristo me amó y se dio a sí mismo por mí, sin esta persuasión constante de que Dios tiene misericordia de mí por el amor de Cristo, es imposible que yo ame a Dios. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero,” y le amamos en proporción directa a lo firme y claro de nuestra convicción de que El nos amó y nos aceptó en su Hijo. A no ser que amemos a Dios, es imposible que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, y, por consiguiente, que tengamos afectos puros para con Dios o para con los hombres.

De lo que evidentemente se sigue que todo lo que debilita nuestra fe debe, en el mismo grado, debilitar nuestra santidad. Esta manera de destruir toda santidad no sólo es la más eficaz, sino también la más amplia, puesto que no ataca a una sola virtud cristiana, a una sola gracia o fruto del Espíritu, sino que destruye hasta donde puede la raíz misma de la obra de Dios.

Nada extraño es, por consiguiente, que el rey de las tinieblas de este mundo se esmere en esto hasta más no poder-lo que sabemos por nuestra experiencia-porque es más fácil concebir la violencia indescriptible con que frecuentemente viene esta tentación a los que tienen hambre y sed de justicia, que expresarla con palabras. Cuando ven por una parte, en una luz fuerte y clara, la terrible maldad de sus corazones, y por otra, la santidad sin mancilla a que están llamados en Jesucristo-de un lado la profundidad de su corrupción y su separación completa de Dios, y del otro la imagen del santo, en la que están renovados, la altura de la gloria de Dios-muchas veces desmaya su espíritu, casi podrían exclamar:

“¡Esto es imposible para con Dios!” Están prestos a abandonar su fe y su esperanza, a arrojar de sí esa misma confianza con la que deben vencer todo por medio de Cristo quien los fortifica, por medio de la cual, después de haber hecho la voluntad de Dios, recibirán la promesa.

Y si “hasta el cabo retuviéremos firme la confianza,” indudablemente que recibiremos la promesa de Dios que abraza el tiempo y la eternidad. Empero he aquí otra trampa puesta a nuestros pies: al mismo tiempo que anhelamos recibir esa parte de la promesa que ha de cumplirse aquí, “la libertad gloriosa de los hijos de Dios,” corremos el peligro de que se nos desvíe de la contemplación de la gloria que ha de ser revelada en lo futuro. Tal vez insensiblemente nuestra vista haya dejado de fijarse en la corona que el Juez justo ha prometido dar en aquel día a todos “los que aman su venida.”

Quizá nos desviemos de la vista de esa herencia incorruptible que nos está reservada en el cielo.Esta sería una pérdida para nuestras almas y una demora para nuestra santidad, puesto que para emprender la carrera que nos es propuesta, precisa tener siempre fijo ante nuestra vista el punto al que nos dirigimos. Esta es la confianza que tiene “grande remuneración de galardón” y que antiguamente animó a Moisés a escoger “antes ser afligido con el pueblo de Dios, que gozar de comodidades temporales de pecado. Teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los Egipcios.”

Muy claramente se dice de uno mayor que El, que “habiéndole sido propuesto gozo, sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza,” hasta que “se sentó a la diestra del trono de Dios.” De lo que fácilmente podemos deducir lo importante que es tener siempre nuestra vista fija en ese gozo, para poder llevar cualquiera cruz que Dios en su sabiduría nos ponga, y acercarnos constantemente a la gloria por medio de la santidad.

Empero al procurar alcanzar esto, lo mismo que esa libertad gloriosa que le precede, corremos el peligro de caer en otro ardid con el que el demonio procura enredar a los hijos de Dios. Tal vez nos cuidemos tanto del día de mañana que nos olvidemos del adelanto del día de hoy.

Podemos esperar un amor tan perfecto que nos olvidemos de usar el que ya se ha derramado en nuestros corazones-y de esto ha habido ejemplos de personas que han sufrido mucho, de individuos que estaban tan profundamente interesados en lo que habían de recibir en lo futuro, que se olvidaban por completo de lo que habían recibido.

Esperando recibir cinco talentos más, escondieron en la tierra el único talento que tenían. Al menos no lo usaron para la gloria de Dios y el provecho de sus almas, como pudieron haberlo hecho.

Así es que el enemigo sutil de Dios y del hombre procura invalidar la sabiduría divina, tratando de dividir el Evangelio en contra de sí mismo y procurando hacer que la una parte destruya a la otra, que la esperanza de la obra perfecta aniquile la primera obra de Dios en el alma. Hemos visto varios de los métodos que usa para hacer esto, tapando, como quien dice, las fuentes mismas de la santidad. Esto lo consigue más eficazmente haciendo de esa esperanza el motivo de mal genio.

De manera que cuando nuestro corazón tiene sed de esas grandes y preciosas promesas; cuando anhelamos recibir la plenitud de la gracia de Dios, como el ciervo brama por las corrientes de las aguas; cuando nuestra alma exclama llena de fervientes deseos: “¿por qué se detiene su carro, que no viene?” no dejará pasar la oportunidad de tentarnos a que murmuremos de Dios. Pondrá en juego toda su astucia, todo su poder, a ver si acaso, estando desprevenidos, puede influir en nosotros y convencernos a que murmuremos del Señor porque demora su venida. Al menos procurará despertar en nosotros cierto grado de inquietud o de impaciencia-y aun quizás de envidia de aquellos quienes, según creemos, ya han alcanzado el premio de su vocación celestial.

Perfectamente sabe que al dejarnos dominar de estas pasiones, estamos destruyendo cabalmente aquello que deseamos edificar.Al buscar de esta manera la santidad, nos volvemos más pecadores que antes. Y hay gran peligro de que nuestra última condición sea peor que la primera; que seamos semejantes a aquellos de quienes habla el apóstol en estas terribles palabras: “Mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, tornarse atrás del santo mandamiento que les fue dado.”

Satanás espera sacar de esto otra ventaja más: desacreditar el buen camino. Sabe perfectamente que son muy pocas las personas que pueden-y muchísimas las que pueden, pero no quieren-discernir entre el abuso accidental y la tendencia natural de una doctrina. Por lo tanto, aúna estas cosas constantemente con referencia a la doctrina de la perfección cristiana, a fin de predisponer la mente de los incautos en contra de las promesas gloriosas de Dios.

Y ¡cuán frecuentemente, cuán generalmente, casi estuve por decir cuán universalmente, prevalece en esto! Porque, ¿dónde está el hombre que al observar cualquiera de los malos resultados accidentales de esta doctrina, no colija de ellos inmediatamente que son su tendencia natural, y luego exclame: Ved los frutos, los frutos naturales, de la tal doctrina? Nada de eso: son los frutos que resultan accidentalmente del abuso de una verdad preciosa. Pero el abuso de esta o de cualquiera otra doctrina bíblica no destruye su uso en manera alguna, como la infidelidad del hombre que tuerce la vía recta no invalida la promesa de Dios.

Dios es verdadero, los hombres son mentirosos. La Palabra del Señor permanecerá. “Fiel es el que prometió.” No nos movamos de “la esperanza del evangelio.”Paso a considerar, en segundo lugar, de qué manera podemos parar las saetas agudas del enemigo malo, y cómo podemos servirnos de estos mismos ataques para alcanzar mayor crecimiento.

Primeramente, Satanás procura resfriar nuestro gozo en el Señor haciéndonos meditar en nuestra naturaleza pecaminosa y en el hecho de que sin santidad ninguno verá al Señor. Tomad esta flecha que os dispara y arrojádsela en la cara por medio de la gracia de Dios, y, al mismo tiempo que sentís vuestra vileza, regocijaos más en la esperanza de que toda esta maldad quedará destruida.

Al afirmaros más en esta esperanza, cualquiera mala disposición que sintáis, si bien la podéis odiar muy cordialmente, podrá ser el medio de aumentar vuestro humilde regocijo en vez de disminuirlo. ‘Este pecado y aquel otro,” podréis exclamar, “se desvanecerá ante la presencia del Señor. Como se derrite la cera en el fuego, así desaparecerá todo esto ante su faz.” Mientras mayor sea el cambio por hacer en vuestra alma, más triunfaréis en el Señor y os regocijaréis en el Dios de vuestra salvación, quien ya ha hecho cosas tan grandes por nosotros y quien llevará a cabo otras mucho mayores.

En segundo lugar, con gran vehemencia os asaltará, valiéndose de esta sugestión: Dios es santo, tú eres impuro. Estás muy distante de esa santidad sin la cual nadie verá al Señor. ¿Cómo puedes gozar del favor de Dios? ¿Cómo puedes imaginarte que estás justificado? Pero cuando así os asalte, procurad afirmaros más en la persuasión de que: No me encuentro en El por las obras de justicia que he hecho; soy aceptado en el Amado, no teniendo mi propia justicia como la causa, en parte o del todo, de mi justificación ante Dios, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia de Dios por la fe.

Llevad esto sobre el corazón como un escudo: “Soy justificado gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Cristo Jesús.” Apreciad y estimad más esa verdad preciosa: “Por gracia somos salvos por la fe.” Admirad más profundamente el don gratuito de Dios al amar al mundo de tal manera que dio a su Hijo unigénito “para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”De este modo, la persuasión del pecado que sentís por una parte, y la santidad que esperáis por otra, contribuirán a establecer vuestra paz y a hacer que mane como un río. Esa paz fluirá como tranquilo río a pesar de las montañas de iniquidad que darán lugar al valle en ese día cuando el Señor tome posesión de vuestros corazones.

Las enfermedades, el dolor, la muerte misma no bastarán para sugerir la duda o el temor. Como sabéis, un día, una hora, un momento, son en la presencia de Dios como mil años. No le falta tiempo para hacer cualquiera cosa que se propone realizar en vuestras almas. El día que Dios escoge es siempre el mejor Por consiguiente, no os acongojéis por nada. Hacedle vuestras peticiones sin temor ni dudas de ninguna clase, sino con acción de gracias, estando seguros de antemano de que no ha de negaros nada que sea bueno.

En tercer lugar, mientras más os tiente Satanás a que soltéis vuestro escudo, a que arrojéis vuestra fe, vuestra confianza en su amor, procurad tanto más conservar lo que habéis alcanzado-desarrollad el don de Dios que hay en vosotros. No os olvidéis nunca de que tenéis un Abogado para con el Padre, “a Jesucristo el Justo,” y que “lo que ahora vivo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” Sea esta vuestra gloria y corona de regocijo, y cuidad que nadie os la quite. Recordad siempre que el Redentor vive, que en el último día estará sobre la tierra, y que ahora tenéis redención en su sangre, el perdón de los pecados.

Así pues, estando llenos de la paz y el gozo de la fe, procurad adelantar para que vuestras almas sean renovadas en la imagen de Aquel que las creó.Mientras tanto, clamad a Dios continuamente, a fin de que veáis el premio de vuestro alto llamamiento, ‘no como Satanás os lo presenta-en una forma horrible y tremenda- sino en su verdadera y genuina belleza. No como una cosa que debéis tener para no desplomaros en el infierno, sino como algo que puede guiaros al cielo. Consideradla como el don más precioso que hay entre los tesoros de la misericordia de Dios. Al contemplarla bajo su verdadero punto de vista, la desearéis con mayor ahínco.

Vuestras almas estarán sedientas de Dios, y de esta conformidad gloriosa con su imagen. Y habiendo recibido la promesa de esto y el gran consuelo de la gracia, no os sentiréis débiles ni cansados en vuestros corazones, sino que persistiréis hasta alcanzar lo que deseáis.

Con el poder de la misma fe, apresuraos a la gloria. A la verdad que tenéis ante vosotros la misma perspectiva. Desde el principio Dios ha aunado el perdón, la santidad, el cielo: ¿qué hombre podrá separarlos? Cuidad de no correr este peligro. No dejéis que se rompa uno solo de los eslabones de esta cadena de oro. Por amor de Cristo, Dios me ha perdonado y está renovando en mí su imagen. Muy pronto me hará digno de El y me conducirá a su presencia. Justificado por la sangre de su Hijo, enteramente santificado por su Espíritu, pronto llegaré “al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial.” Sí, dentro de poco entrare “a la compañía de muchos millares de ángeles, y a la congregación de los primogénitos;” estaré ante “el Juez de todos” y ante “Jesús, el Mediador del nuevo testamento.”

Pronto desaparecerán estas tinieblas ante la mañana de la eternidad. Pronto beberé en el río limpio “de agua viva, que sale del trono de Dios y del Cordero…Allí le alabarán y servirán todos sus siervos, y verán su cara, y su nombre estará en sus frentes. Y allí no habrá más noche; y no tienen necesidad de lumbre de antorcha, ni de lumbre de sol: porque el Señor Dios los alumbrará: y reinarán para siempre jamás.”

Si de esta manera probáis la buena palabra “y el poder del siglo venidero,” no os quejaréis de que Dios no os haya hecho también “aptos para participar de la suerte de los santos en luz.” Y en lugar de murmurar porque no os ha librado por completo, alabaréis a Dios por lo que habéis alcanzado; le magnificaréis por lo que ya ha hecho, considerando lo que habéis alcanzado como arras de lo que ha de venir.

No os impacientaréis porque no habéis sido renovados, sino que lo bendeciréis por la esperanza segura de serlo, y porque ahora está más cercana vuestra salvación de todos vuestros pecados, de lo que estaba cuando por primera vez creísteis. En vez de atormentaros inútilmente porque aún no ha llegado, esperad tranquila y pacíficamente, sabiendo que “vendrá y no se tardará.” Sufrid, pues, con paciencia, la carga del pecado que aún lleváis, sabiendo que no permanecerá para siempre. Dentro de un poquito habrá desaparecido por completo. Aguardad a que el Señor obre. Sed fuertes y “él consolará vuestros corazones.” Poned vuestra esperanza en el Señor.

Si veis que algunos parecen ser ya partícipes de esta esperanza (hasta donde los hombres pueden juzgar, pues sólo Dios escudriña los corazones), que ya han sido hechos perfectos en el amor, lejos de envidiar la gracia que hay en ellos, sea esto motivo de consuelo y regocijo en vuestros corazones. Glorificad a Dios.

Si un miembro recibe honra, ¿no deberán “regocijarse todos los demás miembros”? En lugar de tener celos y sospechas, alabad a Dios por el consuelo que os da en ellos. Regocijaos al recibir esta prueba de fidelidad con que Dios cumple sus promesas; esforzaos por “alcanzar aquello para lo cual fuisteis también alcanzados de Jesucristo.”

Para poder llevar esto a cabo, redimid el tiempo. Aprovechad los momentos. Afianzad toda oportunidad de crecer en la gracia o de hacer bien. No dejéis que el deseo de recibir mayor gracia el día de mañana os haga negligentes el día de hoy. Ahora tenéis un talento, si esperáis recibir cinco más, aprovechad el que ahora tenéis. Si deseáis recibir más en lo futuro, trabajad más por Dios en lo presente. Os basta su gracia para el día de hoy.

Dios os está colmando de beneficios, mostrad que sois siervos fieles de la gracia de Dios que ahora tenéis. Sea lo que fuere del día de mañana, sed diligentes hoy día en “añadir a vuestra fe templanza, paciencia, amor fraternal” y el temor de Dios, hasta que obtengáis el amor perfecto y puro. Dejad que haya estas virtudes en vosotros y que abunden. No estéis ociosos ni seáis estériles en el conocimiento, para que os sea “abundantemente administrada la entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.”

Finalmente, si habéis abusado de esta bendita esperanza de ser santos como El es santo, no por eso la desechéis. Cese el abuso, empero que permanezca el uso. Usad ahora de esa esperanza a la mayor gloria de Dios y en provecho de vuestra alma. Con toda la firmeza de la fe, con la tranquilidad de espíritu, en la plena seguridad de la esperanza, y regocijándoos siempre en lo que Dios ya ha llevado a cabo en vosotros, seguid adelante hacia la perfección.

Creced diariamente en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo; pasad de fortaleza a fortaleza, en paciencia, llenos de humilde gratitud por lo que ya habéis recibido y por lo que habéis de recibir. Corred la carrera que os es propuesta mirando a Jesús, hasta que, por medio del amor perfecto, entréis en su gloria.

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