Obamanía


Es un hecho. Ya está Barak Obama sentado en su sillón presidencial y ha tomado algunas decisiones tal como había prometido en su campaña (desarticuló la base de Guantánamo como centro de reclusión y de “tortura legal”).

Le era necesario dar una señal inequívoca de autoridad inicial y es lógico que hará lo posible por remontar una difícil situación en su país.

El resto del mundo, mira con asombro y espectación la novedad. Quizá se deba a que los noticieros, y aún los programas televisivos de otros rubros, se encargan de saturar con este mensaje de esperanza y frescura novedosa (en materia política) que sugiere este acontecimiento.

¿Es el presidente del mundo? Porque tal pareciera que todos esperan de él grandes milagros y maravillas.

No dudo que pueda ser un hombre sincero. No pongo en duda su honestidad y su capacidad de liderazgo, pero… ¿hay que esperar algo de este hombre?

Como cristianos, no debiéramos dejarnos llevar por “cualquier viento de doctrina”. Tenemos mucho trabajo que hacer en casa como para estar preocupados por lo que otros puedan hacer por nosotros.

Por lo tanto, ¿es posible que un hombre que llega al poder de su país en crisis, que tome las riendas de su país y se le tire en las espaldas el resto del mundo para que solucione todos los problemas? Es lógico que pensar esto es ridículo. Sin embargo, los ojos del mundo político han puesto su énfasis en descansar sobre la nube de humo que promete este nuevo profeta a la fuerza.

¿Por qué profeta a la fuerza? Porque muchos esperan que haga algo a su favor. Aún cuando ni siquiera es su presidente. Aún cuando es un simple hombre con sus debilidades y tentaciones como cualquier otro… (podríamos citar por ejemplo a Clinton y su affaire).

Meditando en todas estas cosas, escuchando las noticias y, sobre todo, notando el énfasis en los temas tal como se planteaban, vino a mi corazón una sensación desagradable. Apareció de pronto, como si se tratase de un sentimiento de angustia por la gente en todo el mundo. Descubrí (una vez más) que la gente estaba desamparada y dispersa como oveja que no tiene pastor…

Jesús en cierto momento sintió compasión por las multitudes cuando las vio de ese modo. Aturdidas y sin mucha idea del destino que les esperaba, sin una guía cierta que les encamine hacia un rumbo dichoso y seguro.

Y fue en ese momento, en que Jesús dijo:

“Entonces dijo a sus discípulos:  A la verdad la mies es mucha,  mas los obreros pocos. Rogad,  pues,  al Señor de la mies,  que envíe obreros a su mies.”
Mateo 9:37-38

La separación de versículos y capítulos, que ha restado tantas veces a una correcta interpretación de los escritos, ha detenido la acción del Señor en ese “capítulo”, pero en realidad la historia continúa con lo que transcribo a continuación:

“Entonces llamando a sus doce discípulos,  les dio autoridad sobre los espíritus inmundos,  para que los echasen fuera,  y para sanar toda enfermedad y toda dolencia.”
Mateo 10:1

Luego de esa compasión que Jesús sintió por las multitudes, envió a sus discípulos para calmar sus ansiedades, quitar sus cargas, liberar sus almas y sanar sus heridas.

Quiera Dios que en estos tiempos de tanto apremio, tanto dolor, tanta incomprensión, tanta teología por dos pesos (con un peso más se lleva el señalador con el logo de la tinaja de aceite),  nos permita servir y ser luz en aquellas áreas en las que es necesario alumbrar sobre las vidas angustiadas para llevar el mensaje de Cristo que recupera las vidas de las más hondas profundidades.

Dios quiere… De hecho Jesús murió para hacer posible nuestra redención.
La pregunta es… ¿nosotros querremos bendecir a las multitudes?

Hay trabajo que hacer. Hay sed. Hay hambre. Hay enfermedad. Hay pecado. De todas estas cosas HAY (y mucho). Jesús nos pide que anunciemos Sus buenas noticias. Negarlo o esconder el candelero es rechazar la cruz de Cristo. Necesitamos abrir la boca, Él la llenará, pero es necesario ejercitarnos en esto, de lo contrario estaremos perdiendo el tiempo.

Que el Señor les bendiga !

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