Con Dios está todo OK


Muchas veces hemos oído que Dios perdona nuestros pecados.

Si bien es cierta esta afirmación, nuestro deber es evitarlos, no para alcanzar algún tipo de justificación si le “ganamos al pecado” sino por amor a Aquel que sufrió por nuestras rebeliones.

El camino es angosto. No sólo la puerta es estrecha, sino TODO el trayecto hacia la eternidad es algo delgado, apretado y dificultoso. No es un sendero imposible de transitar, pero tampoco es una vía cómoda y placentera en todos sus tramos.

Dios no es un abuelito que cuando desobedecemos nos guiña el ojo y nos sonríe como quien no ha visto nada. Precisamente el costo de nuestras rebeliones constantes sólo dificulta nuestra relación con Él. Si bien es el Señor quien da el crecimiento, cuidar la tierra en donde crecerá la semilla es parte de nuestra responsabilidad.

A Dios no le importan nuestros sentimientos, sino nuestra fe en la obra redentora de Jesús en la cruz.

No hablo de “sentir” la presencia de Dios, que es algo totalmente marketinero y muy de moda en el mundillo evangélico. Me refiero a que a Dios no le importa si hemos sentido Su presencia, sino si hemos creído que estaba presente en cada momento de nuestras vidas, fueran como fueran dichos momentos.

Job fue un “bicho raro” que estaba dispuesto a esperar en Dios aún si Él hubiera decidido matarlo. (Así lo dijo Job mismo: “Aunque Él me matare, en Él esperaré”).

Como seres humanos complejos que somos, tenemos por un lado posturas muy cambiantes. De pronto queremos perdonar a todo el mundo, y en ocasiones deseamos quitar de en medio a nuestros “enemigos” olvidando que nuestra lucha no es contra carne y sangre.

Recibimos un perdón que supera infinitamente nuestra capacidad de alcanzarlo con nuestros propios medios (hubiera sido imposible), pero ni bien damos vuelta la esquina, somos como el siervo ingrato que no perdonó una pequeña deuda cuando su rey perdonó la gran deuda que éste tenía con el rey.

En ocasiones decimos: ¿Por qué Señor tengo que pasar por esto? (Sí… ya sé, la prédica del “pregunta para qué, y no por qué” nos dura una semana, pero cuando la prueba se prolonga volvemos a la carga: “¡¡¿POR QUE, SEÑOR TENGO YOOOOO QUE PASAR POR ESTO?!!”).

Y si pudiéramos oir al Señor, quizá nos dijera: “¿Y por qué no? ¿Quién sos vos más que cualquiera de tus hermanos o de mis criaturas? ¿Acaso no sos un desobediente que tengo que corregir y llamar la atención vez tras vez?”.

Pero en su lugar, sólo escuchamos el silencio. Cosa que nos pone más preguntones y quejosos.

Finalmente, comprendemos la utilidad de cada desierto. Comprendemos que al lado de Jesús siempre fuimos un poroto (y encima débil) y que no estamos a la altura de nuestro generoso: “aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré”, porque ni bien pronunciamos las palabras mágicas, “canta el gallo tres veces” y nos saca de nuestra vanidad y soberbia.

Todas las cosas que vivimos son necesarias. De todas podemos aprender algo.

¡ Que el Señor te bendiga !

Anuncios

Una respuesta

  1. Es muy cierto lo que dices. Sólo déjame decirte que A Dios si le importan nuestros todos nuestros sentimientos, más aún si tienen relación con él; lo que pasa es que a él le agrada más que confiemos en El, nuestra fe es la que le agrada por la misma naturaleza de Dios porque El es Dios. Si estamos emocionados con Dios, está bien. Si sentimos su presencia está bien. Si nos apasionamos locamente por Dios, está bien. Pero no debemos olvidarnos de que creerle a él es lo más importante.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: