Lo ilógico de Dios que termina teniendo sentido


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A mi hermano Leovanis Farías


Debo hacer público el agradecimiento a este hermano en Cristo que me invita a conocer a las tribus en donde predicó el hermano Bruce Olson, algunas de ellas Motilonas y otras cercanas que también visitó.

No dudo que no faltará oportunidad para pegarme una vuelta por la selva de Venezuela y conocer a esos hermanos en el Señor.

Mi respeto por el hermano Bruce Olson, nació con la lectura de su libro “Por esta cruz te mataré” publicado por Editorial Vida hace muuuuuuuchos años.

Posteriormente (y actualmente) sé que el hermano Bruce sigue trabajando, no quizá en forma presencial ya, (por inconvenientes que debió soportar con la guerrilla colombiana)  sino desde fuera, pero proveyendo un respaldo para los hermanos que desean aprender, seguir estudios y capacitarse para evitar que los engañadores no se apoderen de sus tierras.

La historia es bastante larga (ya la he comentado en varios posts de este mismo sitio) por lo que les invito a leerla.

Sólo quería agradecer esta invitación que me honra como cristiano, y ya quisiera estar llegando para abrazarme con estos hermanos de las diversas tribus que me menciona mi hermano Leovanis Farías, como Bakugbari, Saimadoyi, Iquicarora, Boksi, Bachichida y otras comunidades en donde también vivió y trabajó muchos años Bruce Olson.

Los relatos de dichas experiencias han sido un desafío para las misiones en todo el mundo, dado que Bruce Olson siempre buscó no romper las tradiciones de las tribus que visitaba, sino preservarlas y respetarlas.

Era gracioso leer cuando algunos indios optaban por no asisitir a las iglesias de los misioneros porque decían: “¿Cómo puede habitar Dios en una iglesia cuadrada? ¿Acaso Dios tiene límites? Dios habita en espacios circulares, sin límites, como nuestras chozas…”

Además, estos indios veían a los “indios convertidos”vestidos a la cultura “americana” con traje y corbata, abandonando la cultura propia de sus pueblos, y no podían comprender la necesidad (impuesta por los grupos misioneros) de hacer esos cambios tan extraños para ser recibidos por Dios.

Bruce Olson fue el misionero que tomó nota de estos detalles y permitió el crecimiento sanitario y social más importante en medio de una tribu de caníbales internada en la selva, de donde sólo se salía en forma de esqueleto hasta que Dios envió un humilde y obediente joven que supo escuchar a Dios antes que poner en marcha el “avasallamiento evangélico” que se acostumbraba y que aún hoy existe (lamentablemente).

La razón de este post, es simplemente para agradecer al hermano Leovanis Farías sus comentarios (puede leerlos aquí) e invitación y compartirles estas historias.

Que el Señor les bendiga.

Hermana abusada. Crónica del abuso.


El vínculo familiar en el abuso suele ser un agravante en cuanto a lo legal.

Ignoro los aspectos legales del abuso pero, aunque considero que existen herramientas para hacer frente a un abusador con artillería legal, no creo que sean suficientes (como en muchos otros ejemplos y tipos de daños) para combatir las heridas que van por dentro.

¿Es suficiente el evangelio para sanar heridas tan profundas?

Largo es el camino y el proceso para desandar violencias injustificadas hacia nuestra persona. Aún en el camino del Señor, vemos que no es suficiente (muchas veces) con el consejo, con la reprensión, con la predicación, ni con las reuniones de sanidad interior entre otras “soluciones evangélicas” tan distantes de lo que la biblia enseña.

Es compleja la mente del ser humano, pero sencillo el evangelio.

Personalmente creo en el poder del evangelio, y sé que es suficiente para cambiar las vidas y restaurar a las personas, pero no me fío del evangelio en el que se suele creer actualmente.

El evangelio es poder de Dios. Puro, eterno, ilimitado y accesible para los cristianos. De eso se trata pues, Él es nuestro padre. Hemos sido engendrados por el evangelio (eso dicen las escrituras). Heredamos por tanto el caudal divino de poder necesario para estar de pie frente a cualquier cosa que nos pueda suceder en este mundo.

Aún así, existen etapas en donde nuestra antigua naturaleza (llamada “carne” por el apóstol Pablo) intenta que veamos la realidad con la mirada que teníamos de las cosas antes de conocer a Dios.

El conflicto muchas veces es severo. Por momentos lo es tanto, que nuestra fe y hasta nuestras propias convicciones cristianas, tan firmes hasta hace un minuto, comienzan a tambalear de modo peligroso.

Es parte de la lucha que mantenemos mientras estamos de paso por este período corto de tiempo al que llamamos vida.

Pues bien. Hace pocos días, una hermana en Cristo, me comentó de su dolor. Casualmente hablando de temas relacionados a mi familia y a ciertos comentarios que hice sobre mi hija, ella mencionó lo siguiente rompiendo en llanto en el transcurso de su comentario:

– “¡Cómo se ve que la querés a tu hija!” – y prosiguió:

– “Yo no tuve una infancia en donde fuera amada. Mi madre nos abandonó cuando éramos muy pequeños. Mi padre bebía alcohol y siempre estaba borracho. Nos colgaba de una cuerda que tenía para colgar la ropa y allí, desnudos con frío o calor, nos castigaba con latigazos de tres tiras.”

– “Nos gritaba cosas como: “Así van a aprender estos hijos de la prostituta!” refiriéndose a nuestra madre.”

– “Con el tiempo crecimos y por un tiempo vivíamos con nuestra abuela.”

– “Desde edad muy temprana, nuestro padre nos prostituía con sus amigos con el único propósito de obtener un poco más de vino… La imagen que tengo de mi propio padre no es buena. Tampoco la de mi madre.”
– “Más adelante escapé y viví por mucho tiempo en la calle, de donde fui rescatada por el Señor”.

– “Pero mis problemas, aún en la convivencia con otros cristianos, siempre me produjo problemas”.

Lamentablemente no he podido escucharle más tiempo. Mi trabajo en relación de dependencia me impidió mantener un diálogo más prolongado para conocer cuál es su estado actual en Cristo.

Pero no es el único problema. Ya he recibido mensajes de personas que han padecido violaciones, abusos y maltratos por parte de familiares (padres, hermanos, etc). En todos los casos, el resultado es una fe debilitada por el conflicto de no poder “encajar” en el marco de esta sociedad perfeccionista (tanto más en el ambiente cristiano), en donde todos estos temas son verdaderos “tabús” que de una vez por todas deberían ser puestos sobre el tapete y conversados a fondo.

Sólo quería escribir estas líneas para no olvidar. Para que otros también recuerden. Generalmente siempre tenemos alguna marca de nuestra infancia que recordamos como cosa no deseada.

Que el Señor los bendiga !!!

Raimundo

Biografía de Lutero (3ª parte)


-o-o-o- 1ª parte -o-o-o- 2ª parte -o-o-o-

En su búsqueda de una piedad sincera y honesta había llegado a estar disconforme con algunas prácticas de penitencia de la Iglesia, y cuando a fines de 1517 sus feligreses le enseñaron unas cartas de indulgencia que habían comprado, pretendiendo librarse con ellas de ciertas consecuencias del pecado, ya no pudo quedarse tranquilo.

Alberto, príncipe de la casa de Brandeburgo, no sabía que, de algún modo (por ciertos favores obtenidos), hizo un acuerdo financiero con el papado. Lutero también ignoraba, que para asegurarse esta operación, León X había concedido a Alberto el privilegio de vender una indulgencia, el producto de la cual sería dividido en dos partes, una para pagar la deuda con los Fugger (banqueros de Ausburgo) y la otra iría a las arcas de León X.

Lo que sí sabía era que se suponía que todo el producto de la venta iría a parar a Roma, para la reconstrucción de la iglesia de San Pedro. Desconocía los entretelones de la operación, una de las más escandalosas de la Iglesia.

El Elector de Sajonia, demasiado inteligente para permitir que sus súbditos fueran sangrados por Roma, había rehusado autorizar la venta de dicha indulgencia en su territorio. Conocía bien el viejo proverbio: “¡Cuando se acerca Roma, aprieta los cordones de tu bolsa!”. De manera que la gente de Wítemberg no podía comprar las indulgencias en su ciudad; pero eso no era obstáculo para conseguirlas, pues era fácil trasladarse a Zerbat o a Juterborg, villas cercanas, y adquirir allí sus billetes de indulgencia.

Juan Tetzel, prior del convento de dominicos de Leipzig, estaba vendiendo la indulgencia, y cuando entró en Juterborg, con increíble audacia, aseguró a los sajones que podían comprar la remisión de todas las penas impuestas por la ley de la Iglesia; y que también podía comprar la remisión de las penas que deberían cumplir en el purgatorio por sus pecados. Aún más, con fingido sentimiento y brutal hipocresía, pintó ante la imaginación de sus oyentes los sufrimientos de sus queridos deudos en el purgatorio, y les dijo claramente que podían librarlos de esos padecimientos con unas cuantas monedas.

Embaucados así, los ignorantes y sencillos alemanes que Lutero consideraba como ovejas de su rebaño, creyeron que podían comprar así la salvación.

Lutero vivió un combate furioso en su mente y corazón. ¿Cómo podían los jefes de la Iglesia actuar de esa manera? ¿Era que no comprendían hasta dónde llegaba el poder papal y cuáles eran sus limitaciones? ¿No sabían que la gracia de Cristo no estaba en venta… o era que, en efecto, como se decía, en Roma todo estaba en venta?

Indignado, pero sin perder la serenidad mental, redactó tranquilamente noventa y cinco sentencias precisas, cada una de las cuales era un punto discutible dentro de la gran cuestión del oficio de la penitencia, con referencia particular al valor de las indulgencias. Estas eran cosas que él creía debían ser aclaradas, y él, como maestro de Teología, poseedor del sagrado derecho de esclarecer las Escrituras, estaba en condiciones de expresarse.

Así, el 31 de Octubre, estando Wítemberg colmado de gente, porque era el día del aniversario de la iglesia catedral, él fijó sus noventa y cinco tesis, con un breve preámbulo, en el tablero de anuncios de la Universidad.

No fue como si hubiera tomado el martillo, símbolo de la revolución, para golpear las puertas de la iglesia, simbólicas de la Iglesia misma. Muy por el contrario. Era un simple profesor de teología y predicador popular, que llamaba a sus colegas, en correcto estilo académico, a discutir sobre cuestiones fundamentales para su generación.

Pero no estaba preparado para la torrentosa reacción que estas tesis sobre las indulgencias habrían de provocar en toda Europa.

Una noche, a mediados de noviembre de 1517, Hans Luther (su padre), sentado junto a su casa en Mansfield, recibió de manos de uno de sus más íntimos amigos, un folleto llegado de Wítemberg, en el que pudo leer una copia de esas noventa y cinco tesis.

El original era de puño y letra de Lutero, pero los impresores de Wítemberg habían publicado rápidamente en latín y griego, y ahora corría por toda Alemania.

Mientras leía estas declaraciones, a Hans Luther le temblaba el papel en las manos al tiempo que una gran excitación se apoderaba de él al comprender con fuerza aplastadora, que su hijo estaba desafiando a la institución más poderosa de la tierra en aquel entonces.
Sus ojos se posaron nuevamente sobre la página:

“82. … ¿Por qué el papa no vacía el Purgatorio por puro amor santo… ?”

¡Martín tenía razón! Si el papa podía ayudar a los que estaban en el Purgatorio, entonces la caridad debía moverle a hacerlo.

La Iglesia no aguantaría que la desenmascaren así. Pero era efectivamente un abuso de la Iglesia el que hiciera tales cosas, y se sintió enardecido al pensar que su propia carne y sangre tenía tal coraje.

Ahora ya, no sólo Mansfield estaba alborotado, sino toda Alemania y aún Europa.

Y así, el tranquilo, fuerte y tenaz maestro de Wítemberg se encontró súbitamente convertido en el jefe de la reacción de medio siglo de descontento, al frente mismo de una campaña para esclarecer el Evangelio y reformar la Iglesia.

Lutero no tenía intención de encubrir ninguno de sus actos. Simultáneamente con la publicación de sus tesis, escribió a Alberto, el responsable de la venta, la siguiente carta:

“Gracia y misericordia de Dios y de todo cuanto pueda ser y es.
Perdonadme, muy Reverendo padre en Cristo, e ilustre Señor que yo, el más humilde de los hombres, me atreva a dirigir una carta a vuestra alta grandeza…
Se pregonan por ahí indulgencias papales para la construcción del templo de San Pedro, con vuestra ilustre anuencia. No censuro los sermones que acerca de ellas se han predicado pues no los he oído; pero lamento que la gente haya concebido acerca de ellas las más erróneas ideas. Ciertamente creen esas almas infelices que si compran el perdón tienen segura la salvación; asimismo que las almas del purgatorio salen volando en cuanto depositan el dinero en el arca. En síntesis, que la gracia conferida es tan grande, que no hay pecado que no pueda ser por ellas perdonado ni siquiera, como dicen tomando un ejemplo imposible, el de violar a la madre de Dios. Creen también que las indulgencias les libran de toda pena y culpa.
¡Dios mío! así son conducidas a la muerte las almas confiadas a vuestro cuidado, Padre, por las cuales vos tenéis una crecida y terrible cuenta que pagar…
¿Qué menos podría hacer yo, ilustre Príncipe y excelente obispo que rogar a vuestra Reverencia, por amor del Señor Jesucristo, que retiréis de inmediato vuestras Instrucciones a los Comisionados, imponiendo otra forma de predicar a los que proclaman tal perdón de pecados, no sea que al fin alguien se levante y los refute junto con sus Instrucciones para vergüenza de vuestra Alteza? Yo desapruebo esto vehementemente, mas temo que suceda, a menos que esta injusticia sea rápidamente reparada…

Vuestro indigno hijo.
Martín Lutero
Agustino, Dr. en Teología

Alberto, al recibir esta carta, inició un movimiento de oposición a Lutero por su acción, llevando el asunto a Roma, pues Lutero había minado la confianza del pueblo y la venta de indulgencias estaba muy restringida últimamente. Pero el jefe de la Iglesia en Roma no estaba en disposición de ánimo para atender una controversia sobre la práctica de la piedad.

Lutero escribió al papa en mayo de 1518. Le decía cómo había aceptado siempre la autoridad del papado y no deseaba en modo alguno entrar en el terreno de la herejía; pero que la reciente indulgencia papal había difundido el escándalo y la burla, y él se había sentido impulsado a protestar contra esos abusos. Ahora sólo deseaba que el papa entendiera su posición y que prestara cuidadosa atención a los asuntos en cuestión. Pero para prestarles atención era precisamente para lo que no estaba preparado Leon X. de modo que dejó que la situación siguiera desarrollándose al azar.

El intento de dominar a Lutero comenzó, como era de esperar, a través de su Orden, León pensó que las tesis habían sido escritas por un monje beodo, que estando sobrio vería las cosas con más claridad, y así encomendó al General de la Orden agustina la tarea de apagar el fuego de la rebelión.

En consecuencia, el asunto fué llevado ante la asamblea de la Orden, en Heidelberg en mayo de 1518. Lutero estaba presente, así como también su amigo Staupitz. Allí los hermanos discutieron tranquilamente y sin violencia la posición del acusado.

Lutero habló explicando sus tesis. Encontró que algunos de los hermanos compartían sus ideas y otros no, por lo cual, no queriendo envolver su Orden en una cuestión tan seria, renunció al cargo de Vicario de Distrito.

No hubo en el capítulo de Heidelberg ninguna indicación de cambio alguno en la posición de Lutero. Luego de la reunión regresó a Wítemberg, y allí aguardó los acontecimientos.

El 25 de agosto de 1518, entró a Wítemberg un joven de veintidós años, llamado Felipe Melanchthon. Iba a enseñar griego.

Lutero escuchó a aquel muchacho defender apasionadamente la orientación del plan de estudios alrededor de las humanidades y el Nuevo Testamento. Entre ellos se estableció inmediatamente una amistad que sólo la muerte habría de interrumpir.

La fina, sensible y precisa erudición gramatical de Melanchthon se unía ahora al poderoso y emotivo dinamismo de Lutero.

En ocasión de publicar Melanchthon un comentario a la epístola a los Colosenses, Lutero escribió en el prefacio:

“Yo soy rudo, turbulento, violento y enteramente belicoso.
Nací para pelear contra innumerables mounstruos y demonios. Debo arrancar tocones y piedras, cortar cardos y espinas, y allanar la selva virgen; pero el maestro Felipe llega suave y gentilmente, sembrando y regando con alegría, según los dones que Dios le ha concedido abundantemente”.

Roma no iba a dejar el asunto de lado. Pronto Lutero recibió orden de presentarse ante el representante del Papa en Augsburgo, el Elector había conseguido que se modificara una comunicación anterior en donde se le ordenaba comparecer en la propia Roma. Lutero sabía que entrar dentro de los dominios de sus enemigos era ir a la muerte. Así que se alegró cuando supo la alteración del plan.

Llegó a Augsburgo en octubre y se encontró con el General de la Orden Dominica, cardenal Cayetano, quien era celoso e inflexible por los derechos papales y estaba dispuesto a no dejar siquiera hablar a Lutero; éste, por su parte, había ido creyendo que podría defenderse, de modo que, en esta contradicción, no llegaron a ningún acuerdo.

El mismo Martín describió después cómo había tratado de contener las continuas contradicciones e insultos de que le llenó el cardenal, gritando cada vez más fuerte, hasta que él mismo olvidó toda moderación y le gritó también, terminando la conferencia en completa desinteligencia. El cardenal le exigía una retractación. Lutero pedía una discusión del asunto. El cardenal lo acusaba de herejía. Lutero lo desafiaba a probar que fuera herética cualquier declaración de su tesis. Y el cardenal fue incapaz de hacerlo.

Tuvieron dos encuentros más con idéntico resultado. Ningún acuerdo fue posible. Ni Lutero se retractaba, ni el cardenal dejaba de exigirla.

Juan Eck, profesor de Teología en la Universidad de Ingolstadt, monje dominico, extraordinariamente hábil en el debate, desafió a Lutero y a su colega de Wítemberg, Andrés Bodenstein, a una discusión pública en Leipzig.

Los problemas no estaban del todo claros, pues no siendo Lutero hereje no podía ser clasificado como tal. Pero si Eck podía arrancar a cualquiera de los dos alguna declaración herética, Roma podría silenciarlos a ambos (a Lutero y a Bodenstein). En esto Eck era maestro.

El ambiente era contrario a Lutero en esta discusión. Muy inquieto emprendió el viaje, pero no iba solo. Con él, marchaban los profesores y el rector de la Universidad. Doscientos estudiantes armados escoltaban los vehículos. Cuando el grupo arribó a Leipzig la ciudad se llenó de un clima de revuelta.

El debate derivó hacia un terreno en el que Martín no quería entrar. Eck intentaba apartar la cuestión a situaciones del pasado, con la intención de que Lutero admitiera que era similar a la de los grupos heréticos de la historia de la Iglesia. Si lo lograba, podría calificar de hereje al profesor de Wítemberg. Probó con la historia de los valdenses, pero sin resultado. Luego habló de la actividad de Wyclif, pero Lutero no cayó en la trampa. Finalmente, trajo a colación la obra de Juan Hus.

Después de una expresión de opinión particularmente vigorosa por parte de Eck, Lutero le interrumpió diciendo: “Pero, mi buen doctor Eck, todas las opiniones husitas no son erróneas”.

Eck estaba alborozado. Contraatacó a Lutero diciendo que la Iglesia había condenado las opiniones husitas; que el Concilio de Constanza las había condenado; que el Papa las había declarado heréticas. Finalmente, llevó a Lutero a la condenatoria aceptación de que los papas y los concilios podían errar.

El debate de Leipzig terminó. Eck partió triunfante hacia Roma. Había desenmascarado a otro hereje.

Martín Lutero, la voz que había llegado a Leipzig como un grito de protesta y reforma dentro de la Iglesia, abandonaba la ciudad calificado como “hereje, rebelde, una cosa digna de escarnio”.

Lutero meditaba profundamente sobre los días amargos que le aguardaban. Pero no se sentía derrotado; los días de indecisión habían pasado; ahora podría desenvolverse en una forma descubierta.

A principios de verano, el 15 de junio de 1520, León X firmaba la bula “Exurge Domine”. Esta era obra de Eck, no de León. En ella se exigía la retractación de Lutero dentro de los sesenta días, bajo pena de excomunión. Afirmaba que la posición de Lutero al oponerse a la venta de indulgencias, era herética. Esta afirmación estaba en contraposición con el mejor pensamiento de la Iglesia Católica histórica.

En Wítemberg sobre todo, y dado que Martín había decidido actuar como si la guerra estuviese ya declarada, la bula tuvo un recibimiento real.

El 10 de noviembre, por la mañana temprano, los estudiantes pudieron leer la siguiente nota sobre su tablero de anuncios:

“Quienquiera que adhiera a la verdad del evangelio esté presente a las nueve en la Iglesia de la Santa Cruz, fuera de las murallas, donde impíos libros de decretos papales y teología escolástica, serán quemados de acuerdo a la antigua usanza apostólica, por cuanto la osadía de los enemigos del evangelio ha llegado a tal extremo que diariamente queman los libros evangélicos de Lutero. Acudid a este espectáculo religioso, juventud pía y entusiasta; ¡quizá sea este el momento en que el Anticristo deba ser revelado!”

Poco después, el propio Lutero encabezaba la marcha de los estudiantes y todo el cuerpo docente hasta un campo vecino. Allí se preparó una enorme fogata y uno de los profesores de la Universidad le prendió fuego.

Entonces, con su característica serenidad, Lutero echó al fuego los libros de la ley canónica como señal de que se libraba de las ataduras de ella. Luego, tomando la bula que exigía su retractación y echándola al fuego, dijo:

“Porque tú has humillado la verdad de Dios, Él te humilla en este fuego hoy. Amén.”

Apeló al pueblo a que se librara de la tiranía papal. Contradijo, en posteriores escritos, las famosas posiciones de Roma: de que los clérigos son superiores a los laicos en la dirección de la Iglesia, que sólo el Papa puede interpretar con autoridad las Sagradas Escrituras y que sólo el Papa puede convocar un concilio eclesiástico. Éstas, decía, son las tres murallas detrás de las cuales se ha parapetado siempre el poder de Roma, y todas ellas son insostenibles a la luz de la gran doctrina esencial del sacerdocio de todos los creyentes. No hay distinción esencial entre sacerdocio y pueblo, pues en realidad cada cristiano, espiritualmente, es un sacerdote.

En otro de sus escritos, “De la cautividad babilónica de la Iglesia”, Lutero mantenía la invalidez de todo sacramento que no pudiese hallar su justificación en el Nuevo Testamento, y partiendo de esta premisa, sólo se podía justificar la Eucaristía y el Bautismo.

Fiel a su promesa a Militz envió este documento a León X. Y acompañó el pequeño opúsculo con una carta que decía:

“De vuestra persona, querido León he oído solamente lo que es honorable y bueno… pero de la Sede Romana como Vos y todos debéis saber, es más escandalosa y vergonzosa que cualquier Sodoma o Babilonia, y por lo que puedo ver su maldad está más allá de todo consejo y ayuda, habiendo llegado a una situación desesperada y abismal. Me angustia ver que bajo vuestro nombre y el de la Iglesia Romana los pobres y todo el mundo son defraudados y damnificados. Contra estas cosas me he opuesto y me opondré mientras tenga vida, no porque tenga la esperanza de reformar esa horrible Sodoma romana, sino porque sé que soy deudor y siervo de todos los cristianos y que mi deber es aconsejarles y prevenirles.

Finalmente, no vengo ante vuestra Santidad sin un presente. Os ofrezco este pequeño tratado dedicado a vos como un augurio de paz y buena voluntad. Por este libro podréis ver cuán provechosamente podría emplear mi tiempo si esos impíos aduladores vuestros me lo permitieran. Es un libro pequeño en lo que respecta a tamaño, pero si no me equivoco toda una vida cristiana está reseñada en su contenido. Soy pobre y no puedo enviaros otra cosa, ni Vos tenéis necesidad de nada más que mis ofrendas espirituales”.

Esta carta y el panfleto habían sido enviados a Roma dos meses antes de la fogata de Wítemberg que señaló la iniciación de la rebelion abierta.

Continuará…

Biografía de Lutero (2ª parte)


Durante el año 1512 Lutero llevó a plena luz por primera vez los elementos antagónicos que luchaban en su pensamiento y los vió con tal claridad y en tal armonía, que llamó a esta experiencia el nacimiento de su fe.

En la torre donde a menudo estudiaba, fijó su atención en el texto de Romanos 1:17 “El justo vivirá por la fe”. Consciente de la perfecta rectitud de Dios y también de su propio pecado, no podía entender cómo podía alguien justificarse ante Dios. Este habría sido su problema desde los días de su juventud en que sintió el llamado de la religión.

¿Qué quería dar a entender Pablo con “El justo vivirá por la fe”? Pablo, que más que nadie había mostrado la pecaminosidad de la raza humana; Pablo, que exclamó como tan a menudo el propio Lutero lo hiciera: “¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?”.

Lutero recordó el consejo constante de Staupitz de considerar la crucifixión. ¿Por la fe en la crucifixión podía él, encontrar alivio a su carga de pecado? ¿Era pues, por fe en la obra histórica de Cristo? ¡La fe de que hablaba Pablo tenía que ser la aceptación de la obra de Cristo! ¡Y eso tenía que querer decir que Dios por medio de Cristo había justificado a los hombres pecadores que quisieran entregar sus vidas a Su palabra!

¿Podía él mismo, Martín Lutero, hallar salvado el profundo abismo entre él y Dios? ¿Era verdad, pues, que la justicia de Dios, no era la justicia de la condenación, sino la justicia de Cristo transferida a él?

Entonces sintió el ritmo poderoso del pensamiento paulino en el que, si bien el pecado estaba siempre presente, también lo estaba la justificación de Dios. Sintió dentro de sí la fuerza pura tan antigua y bien conocida por los cristianos paulinos. Ya no era cuestión de batallar con Dios para forzarle a reconocer sus buenas acciones, sino que ¡Dios estaba de su parte!

El inmenso peso de su pecado había sido compensado por la infinita misericordia, hecha realidad en Cristo.

Esa fue la hora de su libertad.

Salió del cuarto, no con una teología completa, definida claramente, pero sí son una base fija e invariable. Así encaró sus primeras clases bíblicas en la seguridad de que había hallado la clave para entender las Escrituras.

A través de las luchas que habia de sostener en su vida, perseveró en su seguridad de que “el justo vivirá por la fe”; no era que la fe actuara sin obras, sino que por la fe venía la vida y las obras eran el resultado.

Dió cátedra en la Universidad desde 1513 a 1515, sobre los Salmos. Daba su cátedra en latín, pero si el latín le resultaba demasiado escolástico y sin expresión, pasaba rápidamente al alemán; en sus notas se puede ver como cambiaba de idioma en mitad de una frase.

De la misma manera, cuando las viejas formas comunes en las clases universitarias eran insuficientes para expresar la magnitud de su mensaje, él creaba nuevas y vivas ilustraciones. Por ejemplo: “Como la pradera es para la vaca, la casa para el hombre, el nido para el pájaro, la roca para la cabra y la corriente para el pez, así es la Escritura para el alma del creyente”.

“Nosotros los estudiantes le oímos con gusto” -escribió uno de sus alumnos- “pues nos habla en nuestra lengua madre”.

En 1515 y 1516 dió cátedra sobre la epístola de Pablo a los Romanos. Ahí estaba su fuerte fundamento y a medida que explicaba a sus alumnos la idea de Pablo, capítulo tras capítulo veían claramente descubierto ante ellos todo el drama de la redención celestial.

A medida que daba sus clases sobre los Romanos, llevaba ante el tribunal de este vigoroso libro a la sociedad de su día. Atacó acerbamente a Julio II y a la escalofriante inmoralidad de Roma. Denunció a la Curia y toda la jerarquía romana por su corrupción y su vileza: el lujo, la avaricia, el orgullo y el egoísmo eran desenfrenados en la ciudad del Papa. Romanos 13:13, el texto que había servido de terrible lección al inconverso Agustín, dio ahora a Lutero un vocabulario para la descripción de Roma: “glotonerías”, “borracheras”, “lechos”, “disoluciones”, “pendencias”, “envidias”. Y Lutero instaba a su generación a prestar oídos a la gloriosa exhortación del versículo 14: “Revestíos del Señor Jesucristo y no hagáis caso de la carne con sus deseos”. Con lenguaje severo acusaba al clero de creer que su tarea era defender a la Iglesia, en lugar de predicar el Evangelio.

Sus sermones tuvieron tal tónica y despertaron tal interés, que el consejo municipal de Wítemberg le pidió que predicase en la iglesia parroquial. El sermón más antiguo que se conserva es uno que predicó probablemente en 1514. Su texto era: “Todo lo que quisiereis que los hombres hicieren con vosotros, así haced vosotros con ellos”; y el sermón mostraba lo que iba a ser la cualidad más importante de su predicador, exhortándoles a seguir por el camino del cristianismo.

A las tareas del profesorado y la predicación, se sumó el cargo de Vicario de Distrito de los monasterios de Meissen y Turingia, que le fue adjudicado por la Orden, en Gotha, en 1515. Diez monasterios caían bajo su jurisdicción, que después con la adición de Eisleben, su pueblo natal, llegaron a once. El reglamento exigía que fueran visitados una vez al año. Esta visitación implicaba ciertamente tiempo, esfuerzo y resistencia. Su correspondencia aumentó extraordinariamente con esta elección. Todas las horas del día estaban ocupadas en tareas importantes.

Tenía que predicar a los monjes y a los aldeanos; tenía que dar sus clases en la universidad, y su exposición debía ser intensa y razonada, de acuerdo a su posiciónde jefe reconocido de un nuevo movimiento, y tenía que ejercer disciplina administrativa sobre monasterios distantes.

Dejó de ser el monje introspectivo y preocupado de Erfurt y se transformó en el líder fuerte, audaz, confiado que gozaba de la confianza y del respeto de todo su círculo. Sin embargo, la humildad, la sinceridad y la profunda piedad continuaron siendo las características más arraigadas de su vida. Veía claramente cada uno de los detalles de sus muchas tareas y mantenía una comprensión enteramente personal de los problemas que la concernían; humilde en su íntimo pensamiento, poseía la fascinante cualidad de saber actuar en público manteniendo su responsabilidad profesional.

Sus cualidades de administrador verdaderamente cristiano, aparecen nítidamente en una carta que dirige a un monasterio, y en la que se refiere a un hermano que ha incurrido en la necesidad de disciplina.

A Juan Bercken.
Prior Agustín en Maguncia

Dresde, 1 Mayo 1516.

“¡Os saludo en el Señor reverendo y excelente padre Prior! Me siento apesadumbrado al saber que está con su Reverencia uno de mis hermanos, un tal Jorge Baumgartner hermano de nuestro convento de Dresde, quien ¡ay! buscó en Ud. refugio, de una manera vergonzosa y también por una causa vergonzosa. Agradezco vuestra caridad en haberlo recibido, acabando así con este oprobio.

Esta oveja perdida es mía, y es deber mío buscarle y traerla de vuelta, si es la voluntad del Señor Jesús. Por lo tanto, ruego a vuestra reverencia, por nuestra común fe en Cristo y por nuestro común voto agustino, haga la merced de enviármelo a Dresde o a Wítemberg, o mejor aún, mire de persuadirle con tiento a que venga por su propia voluntad. Le recibiré con los brazos abiertos. Dejadle venir, no tiene motivo para temer mi desagrado.

Sé que tienen que venir escándalos. No es asombroso que un hombre haya caído, pero sí es un milagro que pueda levantarse y permanecer en pie. Pedro cayó para que comprendiera que era hombre. Los cedros del Líbano cuyas copas tocan el cielo, caen también, ¡maravilla de maravillas, un ángel cayó del cielo y el hombre en el mismo Paraíso! ¿Qué extraño es, entonces, que una caña sea agitada por el viento y un pábilo sea apagado?

Que el Señor Jesús os enseñe, ayude y perfeccione en toda buena obra. Amén. Adiós.

Hermano Martín Lutero
Profesor de Teología y Vicario Agustino del Distrito de Meissen y Turingia

Como si todas sus tareas y responsabilidades no fueran suficientes para poner a prueba su espíritu, la peste llegó a Wítemberg en el otoño de 1516.

Muchos de sus habitantes huyeron y muchos monjes fueron transferidos a otros claustros, pero Martín Lutero permaneció en Wítemberg; éste era el lugar donde sus superiores le habían colocado, donde tenía su obra y aquí permanecería.

Ni peste, ni emperador, ni papa alguno podrían moverlo del camino que se había trazado.

Como si el destino lo estuviese preparando para ser el foco de los problemas de su época, se encontró en un medio ambiente experimental: la iglesia parroquial. Del trabajo pastoral, la dirección estudiantil, el estudio bíblico, la especulación filosófica, de su vida devocional privada y de otros muchos cargos personales e impersonales, entre ellos la dirección de los once monasterios, Martín Lutero iba atesorando dentro de sí una experiencia tan grande que le daba una idea amplia y exacta de su medio ambiente.

De todas las cosas que le preocupaban, no era la menor uno de los puntos sensibles de la antigua doctrina de las “buenas obras”: la veneración de las reliquias, con la anexa idea de que tenían poder espirutual.

El Elector de Sajonia, el propio señor civil de Lutero, era particularmente aficionado a coleccionarlas. Había reunido centenares de reliquias en la catedral de Wítemberg; pero muchas de las pretenciones en cuanto a las mismas eran completamente fantásticas. Lutero mismo, por ejemplo, había visto la túnica de una sola piezade Nuestro Señor expuesta a la vez en varios sitios muy distantes unos de otros. Esta y otras cosas de naturaleza idénticamente increíble molestaban al predicador de Wítemberg, y así, de 1515 a 1517, varias notas de protesta aparecen en sus sermones y clases. No era un rebelde.

Hijo devoto de la Iglesia visible y completamente dentro del ambiente de piedad histórica del catolicismo, su protesta, no contra la idea o la historia, sino contra el abuso, es cada vez más frecuente.

Roma no pudo mantener por más tiempo el secreto sobre la corrupción en Europa. Juan Colet, Sir Tomás Moro y otros en Inglaterra habían pedido una administración más limpia de la Iglesia. La pluma de Erasmo había insistido en algunas de las mejores críticas de la historia cristiana, en que la Iglesia se reformara.

En toda la amplitud de la cristiandad occidental, el grito de escándalo había sido oído con tanta insistencia durante cincuenta años, que la nueva corriente de reforma adquiría una presión terrible. Lo que se esperaba, lo que se ansiaba era una dirección segura, consagrada e inteligente.

En la lejana Wítemberg tan miserable e insignificante, a la cual (excepto unos pocos favoritos del Elector de Sajonia) nadie le prestaba atención, se estaba formando una experiencia religiosa lo bastante fuerte, inteligente y valiente para llevar la dirección. Pero Martín Lutero, tan ocupado en sus muchos campos de actividad, vivía ignorándolo todo, salvo que había descubierto la fuente de la primitiva piedad de la Iglesia y que no podía callar ante el abuso.

Su naturaleza no era rebelde, sino conservadora. Amaba la tradición, su Iglesia y su gente, pero era honesto. Odiaba el pecado en todas sus esferas, altas o bajas. Protegería a su gente; honraría las obligaciones de su ministerio docente. Hablaría, pues, clara y decididamente, sin rodeos.

El ansia del pueblo contenida durante medio siglo halló ahora una voz. Defendió al campesino condenando el derecho de la nobleza a promulgar y aplicar las terribles leyes por las cuales se reservaban la caza para sí, castigando aún con la muerte al pobre hombre que mataba un conejo.

Llamaba a los grandes señores “ladrones” e “hijos de ladrones”. Se enfurecía ante la opresión ejercida por las clases altas, tanto eclesiásticas como civiles y clamaba contra ellas. La codicia y la avaricia que se agazapa tras todas las guerras recibió su condena.

Llevaba en sus manos los estandartes de las causas más nobles. Luchó sin timidez; la sangre de los campesinos estaba en él y señores y gobernantes debían responder ante las Escrituras por su explotación de los hijos de Dios.

¡Roma con los abusos que había creado y de los cuales vivía era la hereje! ¡Martín Lutero el católico!

(Continuará)

Martín Lutero (Primera parte)


Martín Lutero volcó su corazón en Jesús, dedicando su vida a comprender y a enseñar todas las cosas que le eran reveladas y que estaban escritas en la biblia.

Sus enseñanzas, vistas a la luz de las diversas épocas y a la distancia, pueden parecer añejas, algunas descartables y otras no tan brillantes como entonces.

Juzgar la historia por las cosas con la visión de otro momento del tiempo es equivocar el juicio. Es como arrojar perlas a los cerdos. No concuerda de ningún modo.

En ese entonces, levantar una palabra contraria a la soberanía absoluta del papado de Roma significaba prácticamente firmar su sentencia de muerte, y Lutero lo sabía. Pero le era imposible, por su carácter y su revelación, mantenerse al margen de las cosas que veía y vivía a diario.

Su voz debía escucharse en toda Europa. Pero veamos cómo se fueron dando las cosas.

Martín Lutero nació en un pueblito llamado Eisleben de 4.000 habitantes. El pueblo había crecido rápidamente con la apertura de las minas.

Al no tener amigos ni parientes allí, los Luther eran prácticamente extraños. Pero eran felices.

Martín fue educado con severidad por parte de su padre y con mucho amor por parte de su madre.

Recortaré los acontecimientos, diciendo que con el tiempo creció, estudió y se recibió de abogado.

Aún así, siempre tenía en su mente y corazón el deseo de ponerse a cuentas con Dios, sintiendo siempre el peso del pecado sobre su vida y encontrándose siempre limitado en su lucha por vencerlo y en su posibilidad de saberse perdonado.

En el camino hacia la aldrea de Stotterheim, de regreso a una visita que realizó a su familia, lo sorprendió una tormenta eléctrica de tal modo que cayó de sus cabalgaduras debido a las descargas.

Temeroso de una muerte instantánea prometió dedicarse a la vida monástica si Santa Ana lo salvara.

De esta forma, criado en la simple y sincera creencia de la intercesión de los santos, en la eficacia y obligación de los votos, cara a cara con una decisión urgente, se convirtió en monje.

El hombre de más influencia en el desarrollo de Lutero fue Juan von Staupitz. Educado en Leipzig, entró en la universidad en 1485. Recibió su título de maestro en Artes y se instruyó en Teología. Ingresó en la Orden Agustina, y en 1503, dos años antes que entrase Lutero, fue elegido vicario de la provincia Sajona.

Staupitz, en sus visitas al monasterio de Erfurt, se interesó en el joven monje que había cambiado tan repentinamente la universidad por el claustro.

Observó la lucha interna de Lutero tan plenamente reflejada en su exterior.

Lutero había llegado al monasterio a los 22 años joven, fuerte y entusiasta, y Staupitz lo veía adelgazar víctima de una sobreexcitación nerviosa, que a la vez le fatigaba continuamente.

Un día le dijo: “No mires tus propios pecados imaginarios. Mira a Cristo, en quien tus verdaderos pecados son perdonado, y aférrate con profundo valor a Dios”.

Lutero jamás olvidó esto y toda su vida reconoció su deuda con Staupitz por enseñarle a concentrar el concepto del perdón de los pecados alrededor de la crucifixión de Cristo.

Es indudable la posición deferente que Lutero conquistó dentro de la Orden, ya que, cuando surgió la disputa que requería una representación en Roma, Martín fue elegido para acompañar al mensajero que la Orden enviara a la Sede Papal.

El viaje a Roma, fue largo y a pie. Las noches debían pasarlas en claustros amigos. Debían caminar uno delante del otro y en silencio. Todo esto siguiendo los reglamentos de la Orden.

Descendiendo finalmente por las ricas llanuras del norte de Italia, los viajeros llegaron a Florencia.

A un cuarto de siglo de la culminación de su renacimiento, todavía poseía ricos tesoros artísticos insuperables.

Rafael, Leonardo de Vinci, Miguel Angel, y muchos otros reconocidos creadores, estaban trabajando en Italia, pero Lutero no puso su atención en estas cosas.

Desatendiendo la belleza plasmada en la piedra y en los lienzos, que Florencia poseía, visitó los hospitales y la iglesia de esa regia ciudad.

Allí oía, asombrado, historias acerca de la Corte Papal en Roma, y en la misma Florencia, pudo ver la vida de eclesiásticos de una naturaleza tal como para llevar a su viva conciencia del pecado a una contínua desazón.

Sentía embebido en la atmósfera espiritual de la ciudad el terrible recuerdo de Savonarola, y los monjes que visitara en Florencia, le contaron los terribles sucesos ocurridos hacía justamente doce años y medio, cuando el gran dominico, después de haber sido debilitada su conciencia moral, por la tortura, reafirmara nuevamente sus verdaderas convicciones y fuera ahorcado y quemado en la plaza pública.

No sabremos qué pensó Lutero en ese momento.

Quizá, reteniendo el aliento lograra vagamente precibir la hora en que él también habría de afrontar a los mismos acusadores.

En su corazón, quedó impregnado el sentir de aquel valeroso monje que había lanzado un desafío moral a una iglesia pecadora.

Llegada a Roma.

Al llegar a la ciudad, sueño de todo cristiano de aquel entonces, vio una Roma completamente entregada al dinero, al lujo y a todos los males conexos.

Confuso e incapaz de comprender lo que ocurría no permaneció en ella lo bastante como para rebelarse contra Roma.

Cuatro o cinco semanas y comenzó otra vez su viaje al norte.

En cinco semanas uno no puede enterarse de tantos escándalos, ni ver tanto mal como para descartar una devoción que se mantiene desde la cuna.

Sin embargo, a medida que pasaron los años y otras cuestiones de teología y organización eclesiástica fueron aclarándosele, recordó la Roma de su visita y pudo ver con mayor claridad cuán corruptos eran los dirigentes que la gran Iglesia tenía en el año 1510.

Los recuerdos de su visita aparecen años más tarde:

“Roma es un meretricio. No aceptaría mil florines por no haberla visto, pues jamás hubiese creído el verdadero estado de cosas por lo que otras personas me dijeran, de no haberlo visto yo mismo.

Los italianos se burlaban de nosotros por ser monjes piadosos, pues ellos consideraban tontos a los cristianos.

Ellos dicen seis o siete misas en el tiempo que a mí me lleva decir una, porque ellos reciben dinero por ello, y yo no.

El único delito de Italia es la pobreza.

Todavía castigan un poco el homicidio y el robo, porque tienen que hacerlo, pero ningún otro pecado es demasiado grueso para ellos…

Tan grande y atrevida es la impiedad romana, que no temen ni a Dios ni al hombre, ni al pecado ni a la vergüenza.

Todos los hombres buenos que han estado en Roma así lo atestiguan; todos los malos regresan peores que antes.”

En Enero de 1511, el fatigado Lutero, con la mente llena de pensamientos antagónicos, partía de regreso al monasterio de Erfurt.

Lutero se alegró de recoger otra vez sus libros y proseguir la rutina de sus estudios.

Pero la vida ya no era lo mismo para él.

Había estado en Roma.

En el viaje había adquirido una confianza, una convicción, un dominio de sí mismo que no había conocido en sus días de constante introspección.

Ahora Roma tendría noticias suyas.

Staupitz lo llamó nuevamente a Witemberg en otoño de 1511.

Witemberg, la que había de ser su hogar hasta la muerte, era una ciudad pequeña e insignificante de 3.000 habitantes.

La misión que desempeñara en Roma el año anterior, había sido sólo el comienzo del aumento de su reconocimiento entre los monjes.

En Mayo de 1512, él y Staupitz viajaron a Colonia para asistir a la asamblea del distrito, de donde Lutero volvió nombrado sub-prior del monasterio.

El 18 de Octubre de 1512 recibió el grado de Doctor en Teología.

Continuará…