CUENTO: Cuando la inseguridad…


El siguiente relato, fue en realidad un sueño que tuve, y que extrañamente no me abandonó hasta que logré escribirlo, con el mayor lujo de detalles del que he sido capaz de recordar.

Si posee o no un mensaje… Lo ignoro. Pienso que sí. Júzguenlo ustedes. Sólo sé que no lo busqué, sino que él (el sueño) me buscó a mi.

Raimundo 
©2007

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Me encontraba con mi familia, mi esposa, mi hija y yo, sentados en la vieja cocina de la vieja casa del barrio Belgrano, en Buenos Aires, Argentina.

Recién habíamos terminado de cenar y ya se estaba volviendo de noche. Comenzaba a refrescar. 

En la cocina teníamos luz pero el resplandor del atardecer que venía del patio, al final del pasillo, ya se había apagado. Noté que varias veces había mirado hacia el pasillo oscuro dudando en qué momento me levantaría para cerrar la puerta…

De pronto me pareció ver una sombra, como de un hombre cayendo con mucho sigilo en puntas de pie y escondiéndose tras la columna que sostenía la puerta.

Pensé que se trataba de las famosas “visiones” propias de quien levanta la vista rápido y encuentra en la oscuridad objetos que se mueven.

Descarté el miedo y me levanté para cerrar la puerta. Ya era tarde.

Acercándome hacia la mitad del pasillo, noté que alguien se ponía de frente y me apuntaba con un arma bastante moderna.

Quedé helado…

Se acercó en silencio. Ignoro si lo hizo rápidamente o si sólo fue una ilusión más debido a mi lentitud para adaptarme a ese momento inesperado que se presagiaba terriblemente oscuro. Aún más oscuro que la noche misma.

Me retorcía por dentro la idea de hacer uso de alguna técnica que había aprendido en Kung-Fu a mis 18 años de edad. De sólo pensarlo, una de mis hernias de disco envió un mensaje neuroeléctrico a mi pierna derecha que me desalentó a intentar nada. Aquello de las artes marciales había sido como un juego de moda de mi juventud… Mis 43 años y la vida en juego de mis amadas, no me permitía mover un sólo músculo.

Hay hombres que ante una situación de riesgo corren a atacar a su oponente a cualquier costo. Otros huyen sin control, también a cualquier costo.

Poseo una personalidad que ante hechos inesperados actúa del modo más bíblico que conozco: “Estad quietos y conoced que Yo soy Dios”.
No lo pienso voluntariamente, sino que ante mi inerte reacción paralizadora, es lo único que me viene a la mente hacer. Permanecer “a la espectativa”. Mucho más cuando está en juego, no sólo mi vida, sino la de aquellos seres que amo.

De un modo ágil y “profesional” me redujo en silencio y me susurró a modo de  advertencia que nada me pasaría a mí, ni a mi familia, si cooperaba.

Le susurré, usando su mismo tono cuidadoso, que no se hiciera problema. Y que me dejara calmar a mi mujer y avisarle lo que ocurría para que no se asuste.

– “Con cuidado que te estoy apuntando” – me dijo con voz segura.

Cuando desandé mis pasos por el pasillo, seguramente mi esposa notó la palidez que cubría mi rostro porque preguntó entre asombrada y confundida:

– “¿Qué pasó?” – tratando de ver por encima de mis hombros lo que me había teñido la piel.

La alcancé a tranquilizar como pude y logré ponerla sobre aviso de lo que pasaba, los tres nos abrazamos y entró en la cocina el individuo.

Bajo la luz de la cocina, no parecía ser un ladrón común. Aunque era la primera vez que estaba ante uno que violaba la privacidad de mi hogar. Mi percepción sobre lo que era un ladrón sólo se ajustaba a películas y falsos prejuicios que uno suele hacerse acerca de cuál es una buena cara para ser ladrón y cuál es más para un éxito de Hollywood…

Más allá de su apariencia, parecía un experto en lo que hacía. Llegó otro hombre que se quedó con nosotros, mientras un tercero logró entrar al estacionamiento de la casa con una camioneta tipo Furgón.

De ella bajaron una serie de cosas que montaron en mi jardín y llegó más gente que entró por el estacionamiento y se ubicaba alrededor de unas mesas que habían dispuesto para celebrar una especie de reunión.

Les escuchaba conversar en voz baja, cada tanto se escuchaba una risa contenida para no levantar grandes sospechas, aunque los talleres circundantes a mi jardín y las altas paredes de los contornos evitaban cualquier vista inesperada.

Quien estaba con nosotros nos repetía una y otra vez que no teníamos que temer por nada. Era necesario creer. No parecían violentos (salvo por las armas que llevaban) ni aún por su aspecto. Sentí que podía identificarme tranquilamente con cualquiera de ellos. Eran seres humanos al igual que yo.

De todos modos, me preocupaba qué podría suceder y cuál era el propósito de todo esto.

Con el correr de las horas, nuestra angustia era grande, pero la tranquilidad que nos transmitían era real. No deseaban hacernos daño. Aunque eso sólo lo descubrimos cuando se fueron. Fueron rotándose aquellos que nos vigilaban. Cada uno nos tranquilizaba a su manera.

Ya no tenía temor de que vaciaran mi casa. Sólo oraba en silencio por nuestras vidas… y la de ellos.

En un instante que pareció más de un siglo apareció el primer hombre y me dió las gracias. Me pidió que no dé aviso a la policía. Y me invitó a corroborar junto con él antes de irse, si yo así lo deseaba, que no faltara nada de la casa.

Le dije que preferiría obviar ese ofrecimiento. Nos saludó y antes de trepar por la pared del patio (ahora ya iluminado) me sonrió…

Con mi esposa recorrimos la casa para cerrar todas las puertas y ventanas en primer lugar, aseguramos todos los accesos y luego recorrimos las habitaciones. Notamos que nada había sido tocado o revuelto.

El único cambio que notamos fue que en el jardín habían dejado sobras de lo que parecía ser una fiesta de cumpleaños. Pedazos de torta, gaseosas, platos y vasos descartables y algunas servilletas arrojadas al suelo. Nos llamó la atención no ver botellas de alcohol ó colillas de cigarillos. Era algo extraño por el tipo de gente que pensamos que era.

¿Qué había pasado?

En principio volvimos a la casa y cerramos las puertas. Si bien no fuimos atacados, el temor se apoderó de nosotros, dado que unos desconocidos entraron en nuestro hogar, hicieron uso de nuestras cosas y luego salieron. Estaban armados y se podría haber convertido en un verdadero horror.

Nos arrodillamos y oramos al Señor por esa gente y le agradecimos por Su amor y cuidado.

Luego de que nuestra hija se acostó (casi al amanecer), me encontraba conversando con mi esposa a solas y le decía:

– ¿Por qué harían una cosa así? –

– ¿Les hubieras prestado la casa para una fiesta si te lo hubieran pedido? – me respondió mi esposa con una mezcla de humor, ya pasado el temor propio de una situación angustiante.

Lo pensé seriamente, como si esa pregunta no viniera de mi esposa.

No. Jamás hubiera prestado mi casa para individuos que no conozco. Cualquier otro uso que nos excluyera como familia, deberían realizarlo en otra parte. No aquí. En MI CASA.

El haber entrado con un arma a MI CASA dobló nuestra voluntad de modo que este suceso fue algo incorrecto. Aún cuando no hayan dañado físicamente la familia, ni quitado nada de nuestras pertenencias.

Pero cuanto más lo pensaba más mal me sentía.

“Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues. A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva.” Lucas 6:29-30

Era seguro que la situación estaba mal. Pero no era yo quien debía juzgar lo justo o injusto. Debía renunciar a mis posesiones.

De hecho, ningún daño sufrimos.

Al día siguiente, intenté contar lo que me había sucedido a otros, pero ninguno tuvo tiempo o voluntad de escucharme. Aunque intenté contarlo en diferentes ámbitos, (almacén, kiosco, trabajo, vecinos…) la conversación siempre terminaba lléndose por otros caminos y terminé convencido de que a nadie le interesa conocer ciertas cosas.

En muchos casos es preferible la conversación que trata de vanidades y tonterías que sobre las cosas que realmente importan.

Comprendí que del mismo modo actúan cuando deseo hablar sobre algún tema bíblico. Las conversaciones no se vuelven hostiles como en otras épocas, sino que el diablo ha logrado torcer hacia lo superficial todo intento por profundizar en las cosas que realmente importan.

Que Dios los bendiga.

Raimundo

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Tan sólo un sueño…


A dos cuadras de su casa pasaba el colectivo. Subió, pagó su pasaje y se sentó… como siempre. Luego guardó el boleto en su bolsillo derecho y ya rumbo a su trabajo comenzó a mirar por la ventanilla hacia el tráfico… como siempre.

El gran vehículo iba muy rápido. Era el más moderno de esa línea de transportes. En el momento justo en que acomodaba su periódico para dar un vistazo rápido a los titulares del día (como era su costumbre de siempre), sube un pasajero con rostro familiar. Lo miró… Por un momento su pulso se detuvo y una gota de transpiración fría le corrió por la frente. Poco a poco, con sus manos temblando, bajó la vista.

Si era una casualidad no quería quedar en ridículo, mirando a este nuevo pasajero con esa cara que imaginó que se había dibujado en su propio rostro en ese extraño momento de estupor. Ahora… Si no era casualidad… ¿Qué era?

Su curiosidad merecía una segunda oportunidad, le clavó los ojos… No cabía duda, ¡era él mismo! Pero con algunos rasgos diferentes, podría tratarse de alguien dos ó tres años más viejo que su “yo” actual… Otra ropa, otro peinado, (lo consideró un tanto raro para su gusto actual), y los mismos zapatos… pero más viejos y muy gastados.

Horrorizado, observó que hacía las mismas cosas que él hacía en cada viaje… Guardaba su boleto, buscaba un asiento libre y una vez cómodo, daba un vistazo hacia la calle antes de sacar su periódico para dar una mirada a las últimas novedades. Obviamente no prestaba atención alguna a quienes estaban a su alrededor, ¡como siempre!

En la próxima parada, subió otra vez él mismo… Esta vez, seis años mayor, algo más cansado y apagado, repitiendo su cotidiano rito ya mencionado. Esta vez, con otros zapatos, un nuevo maletín y el pelo tal como a él le gustaba. Pensó que se habría tratado de una moda temporal de su “futuro yo” más próximo.

Se le ocurrió pensar que estaba soñando, pero decidió esperar a ver qué ocurría antes de intentar pellizcarse. “Los sueños nos enseñan cosas y, en tal caso, prefiero no acelerar mi regreso al mundo de los despiertos para ver qué resulta de todo esto”, pensó con no poca lógica.

Parada tras parada, fueron subiendo y ubicándose sus “próximos yo”, con una diferencia de edad, de dos a seis años, entre uno y otro.

Estaba absorto, queriendo descifrar semejante visión, cuando notó que no quedaban más asientos libres y comenzaban a pararse por el pasillo, agarrándose de los pasamanos.

Pronto comenzaron a subir los de mayor edad, digamos, entre sesenta y setenta años, y ninguno de los más jóvenes hizo el menor intento de cederle a alguno su asiento.

Recordó lo mucho que le molestaba viajar parado y, mucho más aún, lo que le costaba tener que abandonar su asiento para dárselo a otra persona. “Después de todo”, siempre se decía, “tengo derecho a seguir sentado porque llegué primero”. Pero la ocasional circunstancia de estar viviendo cerca de la terminal de colectivos no le daba ningún derecho, aunque él así lo creía. O quizá decía creer eso, porque sabía perfectamente que era sólo una excusa (la mejor que poseía en este caso) a la que no estaba dispuesto a renunciar fácilmente.

Ya se acercaba a su trabajo, era todo tan irreal…

Alguien tocó su hombro… Bruscamente giró su cabeza y miró con pavor a su mismo rostro que le decía cordialmente:

– Perdón, ¿lo conozco? –

Él, retornando a su posición anterior con la misma rapidez y dureza gritó:

– ¡Nooo, imposible! – y de este modo se rechazó a sí mismo, no sin cierto remordimiento pero a la vez, culpándose de siempre estar metiendo las narices en donde no debía.

De pronto subió un anciano con su bastón que, siendo él mismo, pedía por favor que alguien le cediera un asiento. Ninguno fue capaz de alzar su vista.

Sintió el chirriar de las ruedas y su cabeza casi golpea contra el respaldo del asiento delantero al suyo. Escuchó también el golpe seco de la espalda de aquel pobre viejo dar contra el suelo, luego de haber golpeado su cabeza por varios de los tubos metálicos que estaban ubicados a los lados del pasillo.

En la siguiente parada nadie subió…

Abandonó su asiento (por primera vez entre tantos viajes) y se acercó al cuerpo golpeado, perplejo por la indiferencia de los demás, y trató de levantarlo. Inmediatamente otro ocupó su lugar sin dar importancia al hecho, mientras miraba hacia la ventana y comenzaba a preparar el periódico sobre su falda.

Él notó que sus manos estaban manchadas con sangre. Se le anudó la garganta y de cada ojo le brotó una lágrima, ambas le recorrieron la cara y se encontraron en su mentón, formando una lágrima más grande, que cayó sobre el pecho del anciano, quien con su último aliento alcanzó a balbucear:

– Pensé que jamás ibas a cambiar. – Y murió en sus propios brazos. Él mismo, vivo, se sostuvo a sí mismo durante su agonía. Ahora estaba muerto.

El chofer, que ya lo conocía, detuvo el colectivo en la parada del trabajo. Él alcanzó a escuchar su voz como de otro lugar, como de otra dimensión:

– ¡Vamos, señor! ¡Va a llegar tarde… ¡Otra vez se durmió! ¿Es que nunca piensa en acostarse temprano? –

Había sido sólo un sueño. pero él se juró que nunca volvería a ser el mismo… ¡como siempre!

Tan sólo un sueño…


A dos cuadras de su casa pasaba el colectivo. Subió, pagó su pasaje y se sentó… como siempre. Luego guardó el boleto en su bolsillo derecho y ya rumbo a su trabajo comenzó a mirar por la ventanilla hacia el tráfico… como siempre.

El gran vehículo iba muy rápido. Era el más moderno de esa línea de transportes. En el momento justo en que acomodaba su periódico para dar un vistazo rápido a los titulares del día (como era su costumbre de siempre), sube un pasajero con rostro familiar. Lo miró… Por un momento su pulso se detuvo y una gota de transpiración fría le corrió por la frente. Poco a poco, con sus manos temblando, bajó la vista.

Si era una casualidad no quería quedar en ridículo, mirando a este nuevo pasajero con esa cara que imaginó que se había dibujado en su propio rostro en ese extraño momento de estupor. Ahora… Si no era casualidad… ¿Qué era?

Su curiosidad merecía una segunda oportunidad, le clavó los ojos… No cabía duda, ¡era él mismo! Pero con algunos rasgos diferentes, podría tratarse de alguien dos ó tres años más viejo que su “yo” actual… Otra ropa, otro peinado, (lo consideró un tanto raro para su gusto actual), y los mismos zapatos… pero más viejos y muy gastados.

Horrorizado, observó que hacía las mismas cosas que él hacía en cada viaje… Guardaba su boleto, buscaba un asiento libre y una vez cómodo, daba un vistazo hacia la calle antes de sacar su periódico para dar una mirada a las últimas novedades. Obviamente no prestaba atención alguna a quienes estaban a su alrededor, ¡como siempre!

En la próxima parada, subió otra vez él mismo… Esta vez, seis años mayor, algo más cansado y apagado, repitiendo su cotidiano rito ya mencionado. Esta vez, con otros zapatos, un nuevo maletín y el pelo tal como a él le gustaba. Pensó que se habría tratado de una moda temporal de su “futuro yo” más próximo.

Se le ocurrió pensar que estaba soñando, pero decidió esperar a ver qué ocurría antes de intentar pellizcarse. “Los sueños nos enseñan cosas y, en tal caso, prefiero no acelerar mi regreso al mundo de los despiertos para ver qué resulta de todo esto”, pensó con no poca lógica.

Parada tras parada, fueron subiendo y ubicándose sus “próximos yo”, con una diferencia de edad, de dos a seis años, entre uno y otro.

Estaba absorto, queriendo descifrar semejante visión, cuando notó que no quedaban más asientos libres y comenzaban a pararse por el pasillo, agarrándose de los pasamanos.

Pronto comenzaron a subir los de mayor edad, digamos, entre sesenta y setenta años, y ninguno de los más jóvenes hizo el menor intento de cederle a alguno su asiento.

Recordó lo mucho que le molestaba viajar parado y, mucho más aún, lo que le costaba tener que abandonar su asiento para dárselo a otra persona. “Después de todo”, siempre se decía, “tengo derecho a seguir sentado porque llegué primero”. Pero la ocasional circunstancia de estar viviendo cerca de la terminal de colectivos no le daba ningún derecho, aunque él así lo creía. O quizá decía creer eso, porque sabía perfectamente que era sólo una excusa (la mejor que poseía en este caso) a la que no estaba dispuesto a renunciar fácilmente.

Ya se acercaba a su trabajo, era todo tan irreal…

Alguien tocó su hombro… Bruscamente giró su cabeza y miró con pavor a su mismo rostro que le decía cordialmente:

– Perdón, ¿lo conozco? –

Él, retornando a su posición anterior con la misma rapidez y dureza gritó:

– ¡Nooo, imposible! – y de este modo se rechazó a sí mismo, no sin cierto remordimiento pero a la vez, culpándose de siempre estar metiendo las narices en donde no debía.

De pronto subió un anciano con su bastón que, siendo él mismo, pedía por favor que alguien le cediera un asiento. Ninguno fue capaz de alzar su vista.

Sintió el chirriar de las ruedas y su cabeza casi golpea contra el respaldo del asiento delantero al suyo. Escuchó también el golpe seco de la espalda de aquel pobre viejo dar contra el suelo, luego de haber golpeado su cabeza por varios de los tubos metálicos que estaban ubicados a los lados del pasillo.

En la siguiente parada nadie subió…

Abandonó su asiento (por primera vez entre tantos viajes) y se acercó al cuerpo golpeado, perplejo por la indiferencia de los demás, y trató de levantarlo. Inmediatamente otro ocupó su lugar sin dar importancia al hecho, mientras miraba hacia la ventana y comenzaba a preparar el periódico sobre su falda.

Él notó que sus manos estaban manchadas con sangre. Se le anudó la garganta y de cada ojo le brotó una lágrima, ambas le recorrieron la cara y se encontraron en su mentón, formando una lágrima más grande, que cayó sobre el pecho del anciano, quien con su último aliento alcanzó a balbucear:

– Pensé que jamás ibas a cambiar. – Y murió en sus propios brazos. Él mismo, vivo, se sostuvo a sí mismo durante su agonía. Ahora estaba muerto.

El chofer, que ya lo conocía, detuvo el colectivo en la parada del trabajo. Él alcanzó a escuchar su voz como de otro lugar, como de otra dimensión:

– ¡Vamos, señor! ¡Va a llegar tarde… ¡Otra vez se durmió! ¿Es que nunca piensa en acostarse temprano? –

Había sido sólo un sueño. pero él se juró que nunca volvería a ser el mismo… ¡como siempre!

La hija de Jairo


-¡Debe haber tomado frío!- le dijo Jairo a su esposa, luego de escuchar las muchas veces en que la niña despertó a la familia por la noche por sus ataques de tos.
– Mandaré al médico para que la vea… – comentó antes de cerrar la puerta e ir hacia la sinagoga donde lo esperaba un número reducido de gente para escuchar la lectura de las Escrituras.

Poco era lo que podía hacer para mejorar la situación religiosa. La mayoría prefería oír las enseñanzas de Jesús que, según decían, hacía milagros y señales.

El sólo pensar en estas cosas le producía un gran temor. Si Jesús no era el Mesías esperado, estaba engañando a su gente llevándola a creer en sus fábulas, pero por otro lado, le intrigaba la personalidad de Jesús; un hombre que, por lo que escuchó, conocía muy bien la palabra de Dios ¡y hacía señales!

¡Cuánto tiempo había esperado Israel para volver a ver a alguno que, diciéndose profeta, llamara la atención de la gente y golpeara sus conciencias por medio del verdadero poder de Dios! Los profetas anteriores fueron en muchos casos despreciados. Sus grandes prodigios y milagros eran sólo hermosas historias del pasado, pero ¡nada más que eso!

Una mano sobre su hombro lo sacó de pronto de sus cavilaciones. -¡Era hora! ¿Qué te retrasó?- Él seguía sin poder ordenar sus ideas… -¿Qué pasa?, ¿Estás bien? ¡Mirá que hoy te toca disertar sobre los Salmos!-.
– Sí, sí… ya sé- alcanzó a responder, todavía turbado por los pensamientos que llovían a su mente.
Al mismo tiempo se acercó a él un tercero que mientras corría a su encuentro le iba diciendo en fuerte voz:
– ¡Jairo!, ¡Jairo!, ¡Tu hija no se siente muy bien, parece que está empeorando, me pidieron que te avise que vuelvas urgente a tu casa!-
Jairo miró al sacerdote como pidiendo permiso para volver a su hogar. Éste, conociendo a Jairo, quien nunca había faltado a sus responsabilidades, asintió, haciéndose cargo de sus tareas.

Jairo parecía atravesar un extraño éxtasis. En su alrededor todo era extraño. Parecía que todos le estaban dando un pésame en forma anticipada por alguna fatalidad. Él mismo creía que se avecinaba lo peor. Pero justamente, para averiguar el por qué de esta extraña paz que experimentaba en medio de la turbulencia que se formaba en derredor, es que seguía adelante.

Algo le decía que estaba por presenciar un acontecimiento que le marcaría un nuevo rumbo a su vida, algo así como un milagro… muy pronto.

Todo esto lo aturdía, puesto que a diario discutían en las altas jerarquías religiosas las remotas posibilidades de que los milagros fueran para su actualidad.
Los profetas eran historia y Dios era representado en la tierra por una serie de ritos y tradiciones de muchos años. Dios, (según ellos), se había «terminado de acomodar» a una forma determinada, y no había razón para molestarlo con nuevas ideas.

A pesar de sus planteos razonablemente lógicos, no encontraba respuesta a su complejo cuestionamiento interior. Mucho menos a esa tranquilidad en medio de tantos aspectos negativos que, evidentemente, se habían propuesto sacudir su día apenas comenzaba.

Llegó a su casa justo cuando el médico se estaba retirando.
– ¿Qué es lo que tiene? – preguntó Jairo ingenuo.
La gravedad del gesto de su conocido amigo y médico del pueblo fue como un golpe directo a su corazón, pero lo que lo petrificó fueron las palabras que le alcanzó a decir en una murmuración de bajo tono, casi imperceptible:
– Está fuera de mi alcance, sólo un milagro la puede sostener con vida… Es cuestión de horas -.
Jairo olvidó estrecharle la mano, salió corriendo hacia su casa y encontró a su esposa y a varios vecinos y criados que la acompañaban. La tos de su hija no mejoraba, su color era blanco y su piel comenzaba a tomar una apariencia cadavérica. Era claro que hablar de horas era algo exagerado, era más bien una cuestión de minutos.

Mientras veía a su hija perder todo signo de vigor, resonó un nombre en su mente. Trató de no prestarle atención, pero era imposible, comenzó a retumbar en cada milímetro de su cabeza y cada vez aumentaba de intensidad: “Jesús, Jesús, ¡Jesús!”.

Mientras pedía a Dios que perdone su arrojo y lo ayudara en su ignorancia de las cosas espirituales, que creía estar seguro de saber, sus pies comenzaron a correr en dirección al mar.

Al acercarse alcanzó a ver a Jesús que regresaba del otro lado del mar en una barca. De inmediato lo rodeó una multitud y él se acercó hasta tenerlo frente a frente. Sus rodillas se debilitaron, su apariencia de hombre docto quedó atrás. De pronto era un hombre, tan sólo eso, un hombre tan, o más, necesitado de Jesús como cualquier otro. A sus pies, le rogaba que fuera a su casa para que sus manos tocaran a su hija agonizante y así viviera.
Jesús lo miró y accedió a ir con él.

Era tanta la gente que los aplastaban a ambos.
-¡Por acá, Jesús! Éste es el camino más corto, así legaremos a tiempo.-
De pronto Jesús se detiene…
Jairo lo observa inquieto.
Jesús gira mirando a su alrededor, como buscando a una persona, y dice algo. Jairo no alcanza a escuchar de qué se trata. Sus discípulos le responden algo. Parece ser algo importante. Luego ve a una mujer llorando y temblando a sus pies, hablando con Jesús.
En ese mismo instante, uno de la casa de Jairo se le acerca y le dice: – Es inútil, ya murió, ¿para qué insistir que Jesús vaya?-.
Jairo levantando toneladas de plomo con sus ojos, producto de la desesperanza, buscó los ojos de Jesús, quien a su vez le clavó la mirada, después de haber escuchado las tajantes palabras de aquel mensajero.

En ese momento, parecía más que nunca una locura, pero esa mirada de Jesús despertaba confianza en Jairo. Locura y confianza que crecieron un poco más al escuchar de los labios de aquel “profeta moderno”: – No temas. Cree solamente.-

Jesús, junto con Jairo, Pedro, Jacobo y Juan, comenzó a caminar hacia donde estaba la niña sin vida, sin permitir a la multitud que le siguiese.

Al llegar a la casa, el cuadro era humanamente desgarrador.

Llantos, gemidos y mucha confusión. Jesús dijo: -¿Por qué lloran y arman tanto alboroto, si la niña sólo duerme?-.

Entonces muchos se burlaban de él.

Jairo, sólo miraba a su hija recostada, sin color, sin movimiento alguno, ¡sin vida! Él sólo quería verla bien. Ya no sabía si ponerse del lado de Jesús o del lado de los que se burlaban de él. Quizá todo esto no fue sino una gran burla de todos para con su confianza.

Por primera vez en su vida creyó haber hecho el ridículo. Estos pensamientos comenzaron a inundar su mente como esa misma mañana en el templo, con la diferencia que ésta vez, en lugar de paz, parecía inundarle un sentimiento de frustración, temor y desolación.

Unos gritos que oyó de labios de Jesús alcanzaron para sacarlo de sus pensamientos y traerlo a la realidad, y también sirvieron para echar fuera a todos los que perturbaban con su alboroto aquel momento.

Jesús tomó la mano de Jairo y de su esposa, y junto con sus discípulos entraron en la habitación de l a niña.
Se acercó al cuerpo y tomó la mano de la pequeña.

Jairo no podía comprender la mirada con la que Jesús miraba a su hija. Él siendo el padre no podría haber tenido tal profundidad y seguridad al ver ese cuerpo inerte. Rompiendo el silencio, Jesús dijo: – Niña, a ti te digo, ¡levántate! -.

Jairo no podía contener su asombro y estupor mientras veía cómo su hija se “llenaba” de color. Parecía un vaso de algún tipo recibiendo un líquido rosado. Sus mejillas enrojecieron y de pronto sus ojos comenzaron a parpadear. Jairo y su esposa se abrazaron atemorizados. Se encontraban ante un hombre, con un poder mayor al de la muerte.

Jesús los calmó, y les dijo que le dieran de comer.

A partir de ese día, una familia religiosa dejó de perseguir las tradiciones humanas y comenzó a creer en las cosas que Dios podía hacer en el pasado, en el presente y en el futuro.

Ya no creerían en los límites de Dios, sino en el Dios sin límites.

Zaqueo


«¿Qué ruido podría ser ese? ¿A qué se debía semejante alboroto?», pensó.

Zaqueo no podía concentrarse en las cuentas que hacía para saber todo el dinero que llevaba recaudado en el día. Salió por las puertas de su casa y alcanzó a preguntarle a un muchacho: -¿Qué está pasando?-, y el chico casi sin aliento (pero sin dejar de correr hacia la multitud) le gritó: – ¡¡¡Llegó Jesús!!! -.

Se quedó inmóvil, pero su cabeza estaba repleta de pensamientos y dudas… «¿Pasará tan cerca de casa?, ¿Será cierto eso que dijo, de que sería difícil para un hombre rico entrar en el cielo? Yo soy rico… ¿Qué hago? ¿Me mezclo en la multitud con el resto del pueblo? Pero… soy muy bajo… no lo voy a poder ver… ¡Hay un árbol en el camino que sigue Jesús!, pero… ¡¡¡es una locura!!!, ¿Subirse a un árbol para ver a un profeta? ¿Será correcto?»

Mientras que en el cerebro de Zaqueo, las neuronas se chocaban entre sí, la multitud que rodeaba a Jesús iba creciendo cada vez más.

De pronto, ni lo dice la Biblia, ni creo que Zaqueo se haya enterado, pero sus piernas corrieron como hacía tiempo no lo hacían. Sus brazos abrazaron una rama, y otra, y otra; hasta que dejó de cuestionarse si estaba bien o mal, sólo le interesaba verlo aunque sea para saber por qué hablaba tanto la gente de Él.

Lo veía acercarse con la gente alrededor. Jesús no parecía darse cuenta de que Zaqueo lo estaba mirando escondido en una rama bien alto.

Cuando llegó al árbol, justo debajo de Zaqueo, Jesús se detuvo. Pero… no sólo se quedó quieto, sino que dejó de enseñar. Hasta el ciego que había sanado hacía un rato pudo retener su algarabía y guardó silencio.

Zaqueo se empezó a poner nervioso, y muy colorado.

Jesús levantó la vista y lo miró directo a los ojos, diciéndole como si fueran viejos amigos: – Bajá Zaqueo, ¡apurate!, que hoy es necesario que pase por tu casa-.

Desde que Jesús le habló, hasta que entraron en la casa, Zaqueo no recuerda nada… Sólo sabe que a partir de ese momento, su vida es distinta, ya no le importa su estatura, ¡ni a Dios le importó!, y ahora hace las cuentas mejor que antes, ayudando a la gente necesitada.

El amor de Dios te puede cambiar la vida de golpe, aunque estés como Zaqueo subido a algún árbol…

Del otro lado del espejo


Hacía casi una hora que los pájaros estaban cantando cuando, implacable, el reloj comenzó su tortura de cada mañana con su sonido penetrante cortando el pacífico ambiente de la naturaleza y atravesando ambos oídos con esa cadencia rítmica, irrespetuosa y porfiada. Había dado comienzo, en forma abrupta, un nuevo día.

Con su mano izquierda alcanzó al fastidioso enemigo de los sueños y lo detuvo, regresando a la atmósfera natural con el canto de las aves y el murmullo que el viento producía sobre árboles, pinos, arbustos y flores, dejando entremezclar a su mente sólo aquello que le traía alguna paz. Eran las siete…

A las ocho quitó las sábanas de su cuerpo y con la otra palpó su barba. Otra vez había crecido. Lamentaba tener que afeitarse cada mañana. Atrás quedaron los años de adolescente, cuando sólo debía hacerlo una vez a la semana. Ahora pertenecía al mundo de los adultos, la suavidad de antaño se había convertido con el tiempo en una áspera realidad cotidiana, monótona e inevitable.

Tomó la afeitadora eléctrica, que su esposa le había regalado el día anterior, y se dirigió al baño. ¡Ya 38 años! No podía creer lo rápido que pasaba el tiempo.

Al llegar frente al espejo, se miró a la cara y bajando la vista sobre la imagen del espejo, notó que en una de sus manos sostenía la antigua máquina de afeitar y en la otra, la brocha para la espuma. Sacó la vista del espejo y miró sus manos… era su nueva máquina eléctrica. Alzó sus ojos y observó que su imagen le devolvía la misma expresión de perplejidad y realizaba los mismos gestos que él. Algo no estaba bien… Debía tomar unas vacaciones. Esas computadoras en su oficina lo estaban destruyendo…

De pronto el ruido de la puerta de calle quebró el hilo de sus pensamientos.

– ¡Hola amor! – le gritó desde abajo su esposa, que extrañamente llegó más temprano que de costumbre de la guardia del hospital, – ¡hoy sí que fue una noche difícil! –

Se quedó helado, pues creyó haber oído que la voz salía del espejo en lugar de escucharla llegar por detrás de él.

– ¡Amor! ¡Amor! – repetía la voz de su esposa como buscándolo. Él no se atrevió a responder.

De pronto, vio a su esposa en el espejo que se acercó hasta su reflejo y lo besó en la mejilla. Él se quedó mirando a su imagen que le respondía con el mismo gesto de asombro. Un frío punzante le recorrió por la espalda al saber que no había sentido el beso de su esposa ni su mano apoyarse en su hombro, como sí sus ojos habían visto en el espejo.

Ella le dijo:

– Te caliento un café y me acuesto, ¿sí? Me duele todo el cuerpo… – y desapareció de la imagen.

Él entonces preguntó a su reflejo en un grito:

– ¡¿Qué está pasando?! ¡¿Qué es todo esto?! –

Su reflejo, que realizó la mímica a la perfección, lo miraba con el mismo rostro de incredulidad, miedo y rabia. Todo a la vez. Comenzó a hacer señas para ver si su imagen las repetía.

Durante unos minutos, el espejo se convirtió en el terreno de batalla de ambos personajes en una singular lucha por hallar el error del adversario. Cualquiera de los dos, que no repitiera exactamente el gesto del otro, sería el perdedor. Debía marcar una diferencia entre la realidad y lo que era meramente un reflejo. Debía despejar esa sensación de estar viviendo algo sobrenatural, algo que traspasaba los límites de la cordura.

De pronto, un gesto de su reflejo fue más rápido que él mismo, quien no logró alcanzar tal velocidad.

– ¡Ajá! – dijo la imagen con tono triunfante, y como alimentándose de cierta autoridad recibida por el error de su imagen real, se acercó al cristal del espejo y le susurró: – A partir de ahora serás esclavo de mis movimientos… – y desapareció por la puerta que se veía en el espejo del baño.

Él corrió al espejo que se encontraba en el comedor del piso inferior para comprobar si su locura era total o si sólo se manifestaba en el espejo del baño, pues creyó con acabada razón que su cerebro se encontraba repentina y seriamente dañado.

Al llegar al espejo de abajo, lo recibió su imagen con una risotada profunda, extraña, pero cada vez más llena del poder del cual antes había sido cautivo. Al finalizar su carcajada añadió:

– ¿Ves? No es que hayas venido para encontrarme en este espejo… ¡Yo te atraje hacia mí! ¡Y ahora vas a seguirme! Voy al espejo de tu trabajo… -, dijo riendo cada vez más seguro de su dominio para luego desaparecer por la puerta que se reflejaba en el espejo.

Nervioso, muy nervioso, se vistió como pudo, saludó a su esposa dudando que pudiera oírlo y salió corriendo sin mirar ningún espejo durante el viaje. Estaba aterrado…

Al llegar, entró a su oficina, cerró la puerta y se acercó lentamente al espejo de pared… ¡lo estaba esperando!. Jocoso y frenético le dijo:

– ¡Ahora sí! ¡Soy libre de vivir! ¡Libre de vivir! – y salió corriendo dejándolo sólo frente al espejo, ahora ya sin imagen.

Con mucha pesadez, con dificultad para mantener el equilibrio y jadeando, dio unos pasos, rodeó su escritorio y se dejó caer en su sillón preferido. Era uno de esos sillones del tipo ejecutivo con muchas ruedas y muy mullido. Allí lloró. No sabía por qué. Lloró como si fuera su última oportunidad para poder hacerlo. Recordó por un instante que en su infancia sólo una vez había sentido tal emoción ante la cual lloró de este modo, aunque no pudo recordar bien qué había motivado ese llanto.

Luego de unos instantes, sintió un impulso que lo llamaba a ponerse en marcha. Debía hacer frente a la situación. Esto no era un sueño y debía quedar aclarado. Se acercó al espejo, y allí estaba su reflejo, con los ojos húmedos también y esta vez con su misma expresión. Sintió pena… Y algo cambió su pensamiento… Pudo recordar… ¡el cambio!

Con su rostro bañado en lágrimas le pidió perdón, le rogó que le permitiera seguir siendo la imagen que siempre había sido y, sobre todo, que no contara a nadie esta experiencia única y personal.
Prometió cumplir su papel indefinidamente sin intentar adueñarse de lo que no le correspondía. Ambos acordaron guardar el secreto.

Del otro lado del espejo, las cosas volvieron finalmente a la recuperada normalidad.

De este lado, resignado, el reflejo se limitaría a actuar la realidad.

El Futuro Glorioso de la Hinchada


Este cuento fue premiado con el 1º lugar en el Concurso de Cuentos de la Revista OSPOCE

Posee en parte el delirio que acompaña a los escritos de Alejandro Dolina, estilo que admiro y que tanto me gusta. Léanlo…

Yo era un verdadero hincha. Iba a la cancha con amigos ó solo.

A veces me hacía “la rabona” según el tipo de partido que se iba a jugar.

Si era por el campeonato, no faltaba nunca. Si era un “amistoso”, según. Si era contra algún equipo brasileño, ¡imposible eludir la cita!

En ocasiones llevábamos las banderas chicas, pero si el partido era importante, ya íbamos sabiendo que no veríamos el partido por la “tribunera”, esa bandera gigante que solía llevar el grupo de los mayores, para imponer respeto al adversario. Uno, con la excusa de tener que airear el flameado de la tela, hacía un agujerito y espiaba alguna que otra jugada por ahí.

Travesuras había a montones, pero sanas e inocentes. Como cuando en los entretiempos convencíamos a alguno de que el partido ya había terminado en victoria; el ingenuo que caía en la trampa, al otro día, debía soportar el peso de la ignorancia ante las carcajadas de sus rivales que le mostraban los titulares de los matutinos con las fotos de la amarga derrota.

Después de comer algo y de regreso a la tribuna, (otra vez debajo de nuestro gigantesco emblema), buscábamos nuestro agujero, que para ese entonces medía unos centímetros de más, y nos resignábamos con ver, por ese orificio, el resto del partido.

Para mitigar un poco la carencia de espectáculo visual, poníamos mucho énfasis en las letras de los cánticos. Tal es así, que de no haber sido por esos metros y metros de tela, nuestro desarrollo popular del cantito, quizá hubiera menguado.

Eran tiempos de los buenos… Épocas que no volverán.

Recuerdo que hubo un tiempo, en donde los cantitos se hicieron demasiado alusivos a la hinchada contraria. Tanto que, aún en eventos sin grandes banderas, los partidos pasaron a ser un mero pretexto para poner de manifiesto nuestra honda convicción de compositores. Por momentos, los jugadores dejaban sin movimiento el balón por temor a distraer a las hinchadas en su disputa por los mejores cánticos.
Cierta vez una tribuna le cantó a la de enfrente:

“Gracias público presente,
hoy le queremos cantar,
por ser tan inteligente
en venirnos a escuchar”.

Esto generaba un sinnúmero de griteríos y contiendas. No tanto por la cuestión futbolística, sino más bien por la autoría intelectual de la letra.

Desde esa fecha, sólo se permitió el uso de cantos debidamente registrados, cantados por sus autores ó, en su defecto, contando con el correspondiente permiso para interpretar el canto ajeno.

Se armó tal lío con esta cuestión, que se terminó por prohibir el uso de cantos en las canchas, ya que habían pasado como cuatro campeonatos sin que a nadie le importara quién iba primero y quién pasaba a la “B”.

Los hinchas, dolidos por tal decisión, se comprometieron a prestar más atención a los partidos, cantar sólo cantos poco elaborados y emitir algún que otro sonido como silbatinas, gritos de “oooole”, aplausos (pocos) y de vez en cuando algún calificativo fuerte pero no insultante para el árbitro el encuentro.

El Consejo Nacional del Hincha de Fútbol Autónomo, prometió a sus socios un pronto resarcimiento, creando un evento multitudinario en algún estadio, para nuevamente llevar a cabo sus duelos de cantos e himnos. Esta resolución la están esperando con ansias hace ya muchos años. Y más aún, anhelan el momento en el que, con las pruebas tangibles de las multitudinarias convocatorias, puedan arribar a la cancelación total del fútbol en todas sus formas para dar lugar a la verdadera pasión que encierra un estadio… ¡el canto de sus hinchas!

Raimundo