Dios y los ídolos.


En la actualidad, siguen existiendo ídolos.

Están bastante escondidos, pero hacen tropezar al pueblo de Dios vez tras vez.

En la época de los reyes del antiguo testamento, leemos acerca de muchos reyes que desobedecían a Dios: blasfemos, idólatras, amantes del pecado y aborrecedores de cualquier tipo de corrección.

Sin embargo hubo algunos que hicieron lo recto delante de Dios, “aunque” no del todo. Está escrito que a Dios le molestaba que quienes buscaban hacer lo que Él quería, no lo hacían en su totalidad. Por eso leemos de reyes que si bien hacían lo que Dios quería, no terminaban de destruir los ídolos o sus templos, permitiendo de ese modo que parte del pueblo continuara en la idolatría.

El pasaje de 2ª Crónicas 26:4, nos habla del rey Uzías (de sólo 16 años) quien reinó 52 años en Jerusalén, y comienza diciendo:

E hizo lo recto ante los ojos de Jehová, conforme a todas las cosas que había hecho Amasías su padre“.

Desde el versículo 4 y hasta el 15 sólo se mencionan bondades de su reinado. Pero en el versículo 16 leemos:

Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina

Es notable que esto suceda en hombres que han amado a Dios y han buscado hacer lo recto. Y de hecho han hecho grandes obras para Dios en su peregrinar, pero finalmente se llenan de altivez y caen.

El apóstol Pablo decía (metafóricamente) que “golpeaba” su cuerpo para ponerlo en servidumbre. Y aclaraba que lo hacía, teniendo el temor de ser útil a muchos para acercarlos al reino de Dios pero con la posibilidad de perder él mismo ese acceso si no corría del modo correcto la carrera.

Decía al comenzar que existen aún ídolos. ¿Los has visto? ¡Sólo observa a tu alrededor! Son ídolos que te llaman a participar de su atractivo. Suelen ser económicos, casi necesarios, y vienen en diferentes formas, colores, tamaños y modelos.

Aquel auto que no tenemos…

Aquella casa (por la cual hasta quizá oramos)…

Vemos aquellas cosas que nos gustan y que creemos haber llegado a desear con todo nuestro corazón. Se las pedimos a Dios sin estar del todo seguros si beneficiarán nuestra vida espiritual, pero creyendo que mejorarán nuestra relación con Él o bien, que serán de gran ayuda para la “obra de Dios”. Y con frases, o pensamientos similares, vamos acumulando mayor ansiedad por las cosas de este mundo y ataduras que nos ligan a este reino material.

Hay cosas que sí nos son necesarias. Pero no todas.

¿Quieres una lista? ¡Hazla tú mismo! Y contempla con horror el egoísmo que ella encierra. Sobre todo cuando veas que otros en el mundo, que son semejantes a tí, mueren de hambre mientras tú arrojas las sobras de tu comida a la basura.

No pretendo hacerte sentir culpable. Sólo intento que por una vez medites en el rumbo que ha tomado la iglesia en este último tiempo.

Mientras muchos se esfuerzan por dar sus diezmos (y aún ofrendas) con el objeto de edificar mayores, y más cómodos, edificios para albergar más fieles para gozar de sus “fiestas” en el espíritu, otros cuentan los centavos para comer lo que ya no les alimenta, sino que apenas los mantiene sobreviviendo.

¿Será este el llamado de Dios a la iglesia?

¿Gozará de nuestros cánticos, de nuestras larguísimas reuniones de autocomplacencia, de nuestra satisfacción personal por el éxito de asistencia a la reunión? ¿Bendecirá Dios nuestro orgullo por el “poder de convocatoria” que hemos producido… “para Él”?

Muchos de los ídolos que comentaba al principio de este escrito, tienen relación estrecha con estos nuevos “ídolos” de nuestra actualidad.

Leamos la historia de otro rey llamado Josafat (1ª Reyes 22:43):

Y anduvo en todo el camino de Asa su padre, sin desviarse de él, haciendo lo recto ante los ojos de Jehová. Con todo eso, los lugares altos no fueron quitados; porque el pueblo sacrificaba aún, y quemaba incienso en ellos.

Esos lugares altos, eran los sitios donde el pueblo de Israel adoraba a otros dioses. Éstos no fueron quitados, y el pueblo seguía torciéndose. Se podrá decir que el pueblo de todos modos buscaría el modo de canalizar su idolatría, pero como líderes del pueblo de Dios, muchos reyes cometieron esta negligencia: hicieron “la vista gorda”.

Hoy hay muchas cosas a las cuales se les hace “la vista gorda”. Se exige el diezmo, pero no siempre se cumple con lo que Jesús mandó: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Muchas congregaciones evaden impuestos. (Aunque enseñan que es necesario hacerlo).

Otras (muchas) no dan el diezmo a sus instituciones superiores, cuando sí lo exigen de sus ovejas. (Aunque el diezmo no es algo que rija para los cristianos en la era neotestamentaria, es evidente que constituye un excelente método de sostén para los diversos ministerios, además de otros “gastos extra” que deberán mantenerse en la más absoluta de las reservas… ¿no suena extremadamente oscuro, por no decir diabólico, que se evite en las finanzas de una iglesia la transparencia absoluta y total?)

Se nos ha ido “torciendo” el evangelio hasta lo que conocemos y vemos en la actualidad.

Cualquier similitud entre el servilismo hacia un líder evangélico con la autoridad papal de la época de Lutero es mera coincidencia…

Se habla mucho de avivamiento, pero en lo íntimo se “teme” que un genuino brote del mismo rompa con toda hipocresía con que se ha vestido la “novia”.

Sería bochornoso para la misma, verse desnuda y comprobar que Dios se ha provisto de una menos vistosa, que no proviene precisamente de sus filas y que ha decidido formarla con enfermos, borrachos, prostitutas, adictos, ladrones y homosexuales, aceptándolos en Su reino casi del mismo modo que ocurrió con el ladrón que tuvo Jesús a su lado en la cruz. Éste, no tuvo tiempo de asisitir a células, grupos de crecimiento, ni de visitar enfermos, ni de dar sus ofrendas, ni de cantar canciones, ni de (siquiera) leer la biblia, o dar a otro algo de lo que recibió… Sólo reconoció el señorío de Cristo.

¿No suena fácil el evangelio?

Que el Señor te bendiga !

😉