Inteligencia artificial


Los avances tecnológicos y científicos no son algo que me tomen de sorpresa. En realidad, creo que actualmente nadie se asombra por los logros obtenidos por el ser humano en estas áreas.

Lo llamativo es que a pesar de los esfuerzos por lograr que la tecnología y la ciencia brinden confort a la vida de los humanos, esto sólo se alcanza en los más altos niveles adquisitivos dejando cada vez más distantes a las personas de bajos recursos.

Es más, la cantidad de atención que la tecnología consume de un humano le resta espacio para la comunión unos con otros, para la empatía y la ayuda mutua, para la misericordia.

Y esto no es nada nuevo tampoco…

En la parábola del juez injusto, Jesús narra el momento en el que este juez se negaba a atender a una viuda hasta que finalmente, por la insistencia de ella, optó por concederle justicia con el único objetivo de no escucharla más insistir sobre su pedido.

Esta parábola, que habla de la perseverancia en la oración termina con una frase que retumba hasta nuestros días:

«Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra? (Lucas‬ ‭18:8‬b ‭versión RVR1960‬‬)

¿Qué tanto estamos dispuestos a escuchar a quienes más lo necesitan?

¿Realmente consideramos que en las reuniones de la congregación, esos momentos de sonrisas urgentes y saludos al pasar entre los miembros de la comunidad cristiana son suficientes para considerarlos nuestro aporte como oyentes dispuestos a ayudar al prójimo tal como lo hubiera hecho el buen samaritano? Puedes leer la historia completa en Lucas 10:29-37.

La tecnología es muy entretenida, útil y ayuda muchísimo en muchos aspectos. Pero no es lo principal en lo que un cristiano deba enfocarse.

Y me refiero a los cristianos comprometidos con el obrar del Señor en este mundo. No con quienes utilizan el evangelio como medio para enriquecerse de modos obscenos como es costumbre en las mega congregaciones.

Cuando menciono la palabra cristiano lo hago intentando llevar la misma idea que el libro de los Hechos de los apóstoles (Hechos 11:26) cuando por primera vez se llamó así a los discípulos de Cristo.

En esa oportunidad, un cristiano era considerado como tal si andaba como Cristo anduvo.

Dediquemos tiempo para estar con toda persona necesitada. Busquemos evitar que el día pase sin hacer otra cosa que mirar el celular.

El Señor nos dirá en aquel día en que regrese si nos conoce o no. Yo prefiero estar entre aquellos que, sin esperar recompensa, han servido al Señor fielmente.

Espero verte allí ❤️

Servir al Señor


En mi vida, desde que he tenido aquel bello primer encuentro con Él, he buscado diversas maneras de servir al Señor.

En ocasiones lo logré con éxito.

En otras oportunidades, realmente me avergüenzo de recordar lo que hice.

No porque se haya tratado de algo en si mismo «malo», sino porque creo que el Señor tiene una mirada muy diferente a la nuestra sobre lo que significa éxito o fracaso de las cosas que hacemos a Su servicio.

La vanidad está presente en la naturaleza de todo ser humano.

Sin importar lo mucho que podamos disimularla, debemos mirarnos al espejo y reconocer que estamos viendo a alguien embustero que hará lo posible por convencer a los demás, a sí mismo y aún hasta a Dios (vaya descaro) de que lo hecho ha sido «para Su Gloria».

El servicio a Dios conlleva cierta promesa de persecución. Existe una certeza implícita de rechazo exterior (aún de vehemente violencia) en todo aquello que esté relacionado al servicio a Dios.

¿De qué modo se podría hacer frente a este rechazo?

Del único modo posible.

Con una vida consagrada al Señor y a Su servicio, sin importar lo que aquellos que nos rodean (si, me refiero mayormente a los cristianos, familiares y amigos) puedan llegar a opinar al respecto de lo que Dios a puesto en nuestro corazón hacer según Su perfecta y soberana voluntad.

Pero en ese camino de hallar ese espacio en el cual estamos a gusto con aquello que Dios nos pide hacer, nos encontramos a veces haciendo cosas que nuestro entorno acepta incondicionalmente por tratarse de cosas «cristianas» como cantar alabanzas, o cualquier otra actividad que nos brinda satisfacción personal, aplauso fácil, reconocimiento del entorno y recompensa en la tierra.

En la actualidad las congregaciones han sido movidas de una doctrina inquebrantable a un tipo de doctrina humanista, acariciadora, que pone más su eje en cómo se siente una persona, si está cómoda, si el aire acondicionado está a su gusto, si el sonido es realmente profesional, si las luces de colores logran «crear el ambiente» que la oración a solas con Dios no ha logrado crear porque ya no hay mucho tiempo para invertir en esos menesteres.

Lo digo con amarga tristeza en el corazón.

Se ha dejado el tiempo devocional en manos de unos vídeos o mensajes de colores por WhatsApp, en lugar de acudir a la fuente inagotable de toda Gracia para nuestras vidas.

Y esto, hermanos, con el tiempo «pasa factura».

Poco duran las reuniones de oración o los entusiasmos por llamar a ayunos. ¿Hace cuánto no ayunas, hermano o hermana?

O, lo pregunto mejor… ¿Con que frecuencia haces ayuno?

Yo confieso que no soy un gran ayunador. Pero eso tampoco debería aliviarte. Pues yo me siento mal por no buscar más a Dios de lo que debía buscarlo. Y te pregunto lo mismo que me preguntó yo a mi persona.

No culpo a terceros por mi desidia. Pero confieso que los ejemplos que he visto no han sido los mejores.

Pastores que ayunan para que su iglesia crezca. Es doloroso ver que existan motivaciones tan egoístas.

Un ayuno debería convocarse para que el Espíritu Santo derrame convicción de pecado sobre la humanidad. No para buscar beneficios personales o para alcanzar bendición en nuestros proyectos.

Aún si esos proyectos los consideramos «la voluntad de Dios» el fin de nuestro servicio es rescatar a las almas que indefectiblemente se irán al infierno por la eternidad. Y no es el infierno el lugar de fiestas y jolgorio que algunos han creído que es. Sino un espacio de permanente temor, miedo, oscuridad y angustia en grados tan elevados que se deseará abandonar ese lugar de inmediato, pero que no tendrá jamás una puerta de salida.

Nuestra comunión con Dios puede hacer la diferencia.

John Wesley tenía esa virtud de orar por las almas con un fervor y una constancia tal que Dios añadía a miles a Su iglesia cada día. Este hombre se dolía por aquellas almas que vivían lejos del fuego santificador de Dios. Tenía en su corazón ese fuego que ardía como la zarza que vio Moisés que nunca se apagaba.

¿Cuál es tu motivación para el servicio?

Te lo digo a ti como hermano en la fe y si eres ministro, pastor o líder mucho más! ¿Que te motiva a servir a Dios?

¿El dinero que podrás recaudar para hacer más obras para Él? Necio! Él es el dueño de la plata y el oro! Lo que necesite para Su obra lo proveerá en su momento!

Clama por las almas perdidas!

Predica como si en 20 minutos algo fuera a arrasar al mundo en su totalidad y no hubiera otra oportunidad pues, eso mismo es lo que sucede, y tú, no sabes en qué momento Él volverá.

Busca a Dios y deja que sea Él quien dirija Sus proyectos. Deja en Sus manos aquello que Él hace mejor y haz, de una buena vez, aquello para lo cual fuiste escogido!

El tiempo es corto, muy corto y… ¡Falta Menos!

El ministerio de la tristeza


El ministerio de la tristeza

por el Reverendo David Wilkerson

Samuel fue un joven llamado al «ministerio de la tristeza». No la suya, ni la de la humanidad, sino la tristeza profunda e insondable de Dios. Dios estaba muy afligido por la caída de su pueblo, y no había quien se condoliera. Dios estaba a punto de quitar su gloria de su casa de Silo, y los que ministraban en su altar no lo sabían. ¡Qué triste es ser tan sordo, ciego y mudo precisamente a la hora del juicio!

Israel estaba corrompido; el sacerdocio era adúltero y el ministerio organizado y establecido estaba completamente ciego. Elí representa el sistema religioso en decadencia con todos sus intereses egoístas, ablandado por la vida fácil con sólo una muestra de aborrecimiento del pecado. Elí se había vuelto gordo y perezoso con respecto a lo profundo de Dios, dedicado sólo a la liturgia.

Sus hijos Ofni y Finees representan el ministerio presente de la tradición. Esos dos sacerdotes jóvenes nunca tuvieron un encuentro con Dios. No sabían lo que era «oír del cielo». Ni tampoco el deseo ardiente de encontrar a Dios y conocer la gloria y la presencia del Señor; no sabían nada de la tristeza de Dios. Esta clase de personas no ayunan, ni oran. Buscan las mejores posiciones ministeriales, con los mayores beneficios y las mejores oportunidades de promoción. Nunca se les ha quebrantado el corazón por la humanidad perdida; saben poco del sufrimiento. Son el producto de un ritualismo muerto y frío. ¡No tienen la frescura de Dios! Dicen las cosas rectas y novedosas, hablan y actúan como profesionales; pero no tienen la santa unción ni conocen el temor y el miedo reverente de un Dios santo.

Así que, como los hijos de Elí, se vuelven sensuales, mundanos y egocéntricos. Los hijos de Elí se corrompieron tanto que Dios los llamó «los hijos de Belial» (Satanás). Se dijo de ellos que «no tenían conocimiento de Jehová… engordándoos de lo principal de todas las ofrendas de mi pueblo Israel» (1ª Samuel 2:12,29). Por eso hay una multitud de jóvenes evangélicos que se vuelven fríos y sensuales, adictos a la música ruidosa y carnal, bebedores de cerveza, practicantes de relaciones sexuales ilícitas, aburridos e inquietos. Algunos pastores de jóvenes los condenan con su mal ejemplo y falta de discernimiento del Espíritu Santo. Si los líderes de la juventud no conocen al Señor, ¿cómo pueden ganar a los muchachos para Dios? Ahora nos enfrentamos a la tragedia de toda una generación descarriada porque tienen pocos pastores que les indican la manera de escapar de las trampas satánicas de esta época. Se ha tolerado mucho lo que satisface los deseos sensuales de la juventud.

Elí había perdido todo su discernimiento espiritual. Ana, una mujer piadosa, lloraba amargamente en la casa de Dios en Silo. Le rogaba al Señor que le diera un hijo e intercediera desde lo más profundo de su corazón. Ella es un tipo del remanente santo e intercesor que anhela y clama por un mensaje fresco de Dios. «Pero Ana hablaba en su corazón, y solamente se movían sus labios, y su voz no se oía; y Elí la tuvo por ebria» (1ª Samuel 1:13).

¡Cuán ciego puede ser un pastor del Señor! Ella conversaba con Dios en el Espíritu, bajo la unción divina y pronta a convertirse en canal de renovación en Israel, y el hombre de Dios no pudo discernir la verdad. No comprendió en absoluto el significado de lo que ocurría en el altar. ¿Qué le había pasado a ese sacerdote del Dios altísimo, que debiera estar en pie en el umbral de un acto divino nuevo y profundo que afectaría el futuro de Israel, y está tan separado de Dios que lo confunde con algo carnal?

¿Cómo va a llegar Dios hasta el pueblo corrompido y descarriado de Israel? Dios está entristecido; quiere sacudir las cosas; ¡Él está a punto de proceder con rapidez y enojo y vomitarlo todo de su boca! Sin embargo, Elí no lo sabe. Elí se ha vuelto tan indulgente, cómodo y saturado de la tradición fría, que no tiene ni la mínima sospecha de lo que Dios dice o está a punto de hacer. Va a echar a sus hijos a un lado, a podarlos del servicio de Dios, pero están tan entregados a los placeres carnales, tan adictos a la mejor carne y tan endurecidos por el pecado que se han convertido en agentes de Satanás, ciegos ante el juicio inminente. ¡Dios debe buscar fuera de la estructura religiosa establecida a alguien bastante dispuesto a compartir su tristeza!

La Compañía de Samuel

El Señor siempre tiene su grupo de personas como Samuel que oyen su voz en tiempo de decadencia espiritual. La compañía está constituida por hombres y mujeres que no se preocupan de la tradición, la promoción ni las diferencias entre las denominaciones religiosas. Representan a pastores y laicos que están dispuestos a oír y pasan tiempo a solas con Dios.

Dios le envió un aviso a Elí con un profeta anónimo. Fue un flechazo directo al centro de un sistema religioso que se había vuelto protector de sí mismo. Elí había protegido a sus hijos descarriados. Dios le dijo en profecía: «Has honrado a tus hijos más que a mí, engordándoos de lo principal de todas las ofrendas de mi pueblo Israel». (1ª Samuel 2:29).

Cuando Elí supo que sus hijos ostentaban su fornicación a la puerta de la congregación, todo lo que dijo fue: «No, hijos míos, porque no es buena fama la que oigo yo; pues hacéis pecar al pueblo de Jehová (1ª Samuel 2:24). Después Dios le dijo a Samuel que Él juzgaría la casa de Elí porque él conocía la iniquidad de ellos y no hizo nada para evitarla. «Y le mostraré que yo juzgaré su casa para siempre, por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado» (1ª Samuel 3:13).

Hay un día de juicio señalado aquí en la tierra para los ministros del evangelio que conocen el pecado de la congregación o de su familia, y no quieren hacer nada al respecto. Tal vez regañen a los adúlteros, los bebedores y los fornicarios, pero no tienen un mensaje penetrante de reprobación. Temen disciplinar a sus hijos espirituales. En el juicio nuestro Señor les preguntará: «¿Por qué no le mostraron a la gente la diferencia entre lo santo y lo profano?».

¿Por qué fue Elí tan condescendiente con el pecado de sus hijos? Porque ellos robaban la mejor carne antes de que fuera a la olla hirviente; llevaban a casa esa carne roja y fresca y Elí ya estaba acostumbrado a ella. El sufriría si los trataba muy duro, pues tendría que volver a comer la carne cocida y húmeda. Había aprendido a cerrar los ojos ante todo el mal que lo rodeaba en la casa de Dios y en su propia familia.

Yo creo que por la misma razón hay predicadores blandos en su lucha contra el pecado. Los ha tranquilizado la buena vida. Disfrutan de la comodidad y el prestigio de las multitudes y de los edificios grandes. Es algo muy sutil. Aunque sabe que debe decir algo, el pastor se limita a decir: «¡No deberían hacer ustedes cosas malas!». Ningún trueno sagrado. Sin tristeza por el pecado y la transigencia. Está ausente la visión de Pablo de la pecaminosidad excesiva del pecado. No hay advertencias de retribución y juicios divinos. De lo contrario, la gente se ofendería, dejaría de asisitir y de pagar las cuentas. Tal vez se detendría el crecimiento.

He predicado en iglesias como esas y ha sido una experiencia dolorosa. El pastor que, como Elí, ama usualmente el arca de Dios, no es malo, sino temeroso. Teme el movimiento del Espíritu Santo, teme ofender a la gente, da un servicio de labios solamente a la santidad y teme atacar al pecado con dureza.

Ocupo el púlpito de aquel hermano para anunciar la exigencia del Señor de santidad, la invitación al arrepentimiento, la advertencia del juicio sobre el pecado, y los transigentes se apresuran a pasar adelante llorando, confesando y en busca de liberación. Miro al lado y veo a un pastor preocupado porque tal vez se pierda el control del servicio, se manifiesten las lágrimas sin control o alguien caiga al suelo dominado por la convicción de pecado y la tristeza. Está muerto de miedo de que su «gente nueva» no comprenda. Está ansioso de volver a tomar el control de la reunión para calmar las cosas. Murmura confirmaciones dulces de que Dios los ama a todos, les recuerda que ya se hace tarde y los despide rápido. Le echa agua fría a la convicción de pecado, y las personas agobiadas por el pecado se van a casa angustiados por lo que parece ser una falta de interés de su pastor.

He salido de esas reuniones con mucha tristeza. Me pregunto: «¿Dónde está la tristeza por el pecado? ¿No pueden los líderes ver que esas ovejas llorosas quieren clamar a Dios y permitir que la convicción del Espíritu Santo haga su obra de limpieza en ellos?».

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Extraído del capítulo «Un llamado a la tristeza» del libro «David Wilkerson exhorta a la iglesia» de Editorial Vida, traducido al Español en 1991.

Pensamiento positivo versus Fe


Mucho se ha hablado en las congregaciones cristianas sobre el «pensamiento positivo».

Se han escrito libros en base a esta idea de verlo todo color de rosa aún cuando hablemos de temas negros. Se ha dicho que una perspectiva negativa o «no positiva» se encontraría encuadrada dentro de la frialdad espiritual o, en el mejor de los casos, se trataría de una ausencia de fe, o de un caso de fe debilitada.

Cuando se arenga desde los púlpitos a poseer una visión positiva de las cosas, ¿a qué se apunta?

¿A pensar que las cosas van a ir mejor, cuando Dios ya dijo que la maldad aumentaría a medida que nos acercamos al fin de los tiempos?

¿A no prestar atención a los deslices de la fe, de ciertos ministerios, hacia objetivos netamente materiales y egoístas?

¿A no juzgar las cosas que el Señor detesta como, por ejemplo, a los pastores que dicen «El Señor me ha dicho» cuando Dios no habló?

Hace unos días leí, en el diario Clarín, una nota sobre la empresa Telecom Francia acerca del suicidio de varios de sus empleados.

Sarah Dumas, quien es coach de servicios de atención telefónica al público de esa empresa, dijo lo siguiente tratando de explicar el problema:

«Los gerentes de recursos humanos han enloquecido.
El clima laboral se ha vuelto irrespirable,
no quieren escuchar hablar de stress y sólo de pensamiento positivo.
Por causa de la presión, va a haber más suicidios
«.

Muchas congregaciones actuales, sobre todo las «mega» son excelentes fábricas de autómatas que siguen un patrón establecido de tareas para el «bienestar y crecimiento» de la iglesia.

Muchos de estos seres, viven en un nivel de stress sin precedentes, pero al cual no pueden renunciar porque necesitan «pensar en positivo» en forma constante, no dar señales de que están atravesando stress y dar una «imagen de victoria» cueste lo que cueste. Ya sabemos que muchos cristianos en la actualidad fingen un buen nivel espiritual (u ocultan su calamitoso estado) añadiendo trabajo y actividades a sus vidas, para ser considerados «fieles».

Prácticamente se ha convertido a algunas de estas congregaciones en empresas bien gerenciadas, con muchos miembros que participan obedientemente de todas las actividades que se les proponen mientras van dejando en el camino al que le cuesta caminar.

En estas congregaciones, no hay lugar para los débiles. No existe espacio para los perdedores. No se admiten pensamientos contrarios o que disientan con la Voz de quien lleva el mando de las mismas (y no es precisamente la voz de Dios, sino la de quien se siente autor del «éxito» aparente que descansa debajo de sus pies).

Encontrar un líder es cosa compleja. ¡Muy compleja! Líder podría llamarse a quien atravesando tal nivel de vanidad, reconoce públicamente que ha equivocado el rumbo. Tonta cosa es pensar que existirá alguien capaz de renunciar a tantas posesiones. El joven rico es un garbanzo al lado de algunos «líderes» actuales.

Si mal no recuerdo las palabras del apóstol Pablo, en Romanos 15:26 decía:

«Porque Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una ofrenda para los pobres que hay entre los santos que están en Jerusalén.»

Las ofrendas que sostenían a Pablo eran «suficientes». No aceptaba Pablo ninguna abundancia material, sino espiritual. Cuando solicitaba algo a sus ovejas, mayormente era oración en su favor, pero no dinero.

El dinero se reunía y se utilizaba «para los pobres que hay entre los santos».

Alguno dirá: «Bueno, pero en la época de Pablo no existía la imprenta, hoy existen otros gastos en el ministerio», y yo digo: ¿Alguien puede creer que el dinero de las ofrendas y los mal «exigidos»  diezmos, van a cubrir gastos del ministerio solamente?

Yo les aseguro que no es así. Ya que el ministerio principal de la iglesia debe ser el ayudar a los hermanos que están sin trabajo. A los pobres. A los enfermos. A los débiles en la fe, para que no claudiquen.

Pero… ¿En qué se gasta entonces el dinero que debiera servir para sostener a los más pobres de nuestros hermanos?

En luces láser, en efectos de humo, en mejores micrófonos, equipos de audio, teléfonos celulares de última generación, también en automóviles que no podrían haber adquirido de otro modo, sino gracias a la lana que de las ovejas se han provisto, o sea… en vanidades. Aún podríamos poner en esta lista la cantidad de dinero invertido en la publicación de libros llenos de palabras huecas, adornadas con versículos para dar sensación de veracidad a genuinas herejías doctrinales.

¿Exagero? Leamos Ezequiel 34:2-5 :

«Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel; profetiza, y di a los pastores: Así ha dicho Jehová el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No apacientan los pastores a los rebaños?

Coméis la grosura, y os vestís de la lana; la engordada degolláis, mas no apacentáis a las ovejas.

No fortalecisteis las débiles, ni curasteis la enferma; no vendasteis la perniquebrada, no volvisteis al redil la descarriada, ni buscasteis la perdida, sino que os habéis enseñoreado de ellas con dureza y con violencia.

Y andan errantes por falta de pastor, y son presa de todas las fieras del campo, y se han dispersado.

Lamento no poseer el tiempo suficiente para meditar a fondo estas cuestiones y plasmar aquí un desarrollo más profundo de lo planteado.

Mis tiempos son cortos actualmente, con mucha tarea laboral secular para sostener a mi familia en un grado que raya la indigencia, con problemas de salud, problemas de dinero, problemas alimentarios…

¿Suena a queja? No se equivoque hermano. Nunca fui más feliz en el Señor que ahora. Mis tiempos serán escasos, pero mi corazón está agradecido a Dios por este período que sabrá acortar cuando así lo desee.

A estas alturas, cualquiera en la «mega» me habrá tildado de «falto de fe», «hipócrita», «traidor», «frío espiritual», «carnal»…

Gracias a Dios, mi comunión con Él en la actualidad no conoce límites y es precisamente atravesando este breve desierto que he conocido el secreto de Sus revelaciones.

Existe un oasis espiritual para cada uno de Sus hijos.  En Juan 6:45, Jesús dice: «Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios

Podemos tener comunión con el Señor y ser enseñados por Él. ¿Imposible? No me gusta esa palabra y menos viniendo de Dios. Jesús mismo lo dijo, no lo he inventado yo.

Siento un gozo inmenso cuando descubro cada día un nuevo significado para los versículos que antes leía en forma «pre-masticada» por otra persona que a su vez había aprendido lo que estaba enseñando gracias a otra persona (y así sucesivamente).

Hoy Dios manifiesta Su revelación día a día y no temo a nada. Lo que vivo lo vivo en la confianza de saber que Él está en forma permanente a mi lado.

Me he encontrado con cientos de hermanos heridos, que por no estar congregándose sienten que ya no son cristianos.

Les aclaro que no es así y les devuelvo las ganas de leer la biblia, de aprender que otros se han equivocado al inculcarles la culpa por cuestiones meramente tradicionales, y me voy feliz cuando veo nuevamente brillar esos ojos con la luz del Señor.

Muchos, al darme a conocer como cristiano, desconfiaban de mis intenciones. Luego, al notar que no les pido su dinero (ni lo deseo), no les pongo pautas o reglas (jamás ha servido de nada), les invito a regresar a la lectura de la biblia y a conocer al Dios que les enseñará lo que necesitan saber. Nada más.

Hacer la obra de Dios no es tan difícil y produce mucho fruto. ¿Que no lo ves en mi vida? Lo siento. Que no lo veas, no significa nada para mí. ¡Él sí lo ve!

Que el Señor te siga bendiciendo !!!

Dios y los ídolos.


En la actualidad, siguen existiendo ídolos.

Están bastante escondidos, pero hacen tropezar al pueblo de Dios vez tras vez.

En la época de los reyes del antiguo testamento, leemos acerca de muchos reyes que desobedecían a Dios: blasfemos, idólatras, amantes del pecado y aborrecedores de cualquier tipo de corrección.

Sin embargo hubo algunos que hicieron lo recto delante de Dios, «aunque» no del todo. Está escrito que a Dios le molestaba que quienes buscaban hacer lo que Él quería, no lo hacían en su totalidad. Por eso leemos de reyes que si bien hacían lo que Dios quería, no terminaban de destruir los ídolos o sus templos, permitiendo de ese modo que parte del pueblo continuara en la idolatría.

El pasaje de 2ª Crónicas 26:4, nos habla del rey Uzías (de sólo 16 años) quien reinó 52 años en Jerusalén, y comienza diciendo:

«E hizo lo recto ante los ojos de Jehová, conforme a todas las cosas que había hecho Amasías su padre«.

Desde el versículo 4 y hasta el 15 sólo se mencionan bondades de su reinado. Pero en el versículo 16 leemos:

«Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina«

Es notable que esto suceda en hombres que han amado a Dios y han buscado hacer lo recto. Y de hecho han hecho grandes obras para Dios en su peregrinar, pero finalmente se llenan de altivez y caen.

El apóstol Pablo decía (metafóricamente) que «golpeaba» su cuerpo para ponerlo en servidumbre. Y aclaraba que lo hacía, teniendo el temor de ser útil a muchos para acercarlos al reino de Dios pero con la posibilidad de perder él mismo ese acceso si no corría del modo correcto la carrera.

Decía al comenzar que existen aún ídolos. ¿Los has visto? ¡Sólo observa a tu alrededor! Son ídolos que te llaman a participar de su atractivo. Suelen ser económicos, casi necesarios, y vienen en diferentes formas, colores, tamaños y modelos.

Aquel auto que no tenemos…

Aquella casa (por la cual hasta quizá oramos)…

Vemos aquellas cosas que nos gustan y que creemos haber llegado a desear con todo nuestro corazón. Se las pedimos a Dios sin estar del todo seguros si beneficiarán nuestra vida espiritual, pero creyendo que mejorarán nuestra relación con Él o bien, que serán de gran ayuda para la «obra de Dios». Y con frases, o pensamientos similares, vamos acumulando mayor ansiedad por las cosas de este mundo y ataduras que nos ligan a este reino material.

Hay cosas que sí nos son necesarias. Pero no todas.

¿Quieres una lista? ¡Hazla tú mismo! Y contempla con horror el egoísmo que ella encierra. Sobre todo cuando veas que otros en el mundo, que son semejantes a tí, mueren de hambre mientras tú arrojas las sobras de tu comida a la basura.

No pretendo hacerte sentir culpable. Sólo intento que por una vez medites en el rumbo que ha tomado la iglesia en este último tiempo.

Mientras muchos se esfuerzan por dar sus diezmos (y aún ofrendas) con el objeto de edificar mayores, y más cómodos, edificios para albergar más fieles para gozar de sus «fiestas» en el espíritu, otros cuentan los centavos para comer lo que ya no les alimenta, sino que apenas los mantiene sobreviviendo.

¿Será este el llamado de Dios a la iglesia?

¿Gozará de nuestros cánticos, de nuestras larguísimas reuniones de autocomplacencia, de nuestra satisfacción personal por el éxito de asistencia a la reunión? ¿Bendecirá Dios nuestro orgullo por el «poder de convocatoria» que hemos producido… «para Él»?

Muchos de los ídolos que comentaba al principio de este escrito, tienen relación estrecha con estos nuevos «ídolos» de nuestra actualidad.

Leamos la historia de otro rey llamado Josafat (1ª Reyes 22:43):

«Y anduvo en todo el camino de Asa su padre, sin desviarse de él, haciendo lo recto ante los ojos de Jehová. Con todo eso, los lugares altos no fueron quitados; porque el pueblo sacrificaba aún, y quemaba incienso en ellos.«

Esos lugares altos, eran los sitios donde el pueblo de Israel adoraba a otros dioses. Éstos no fueron quitados, y el pueblo seguía torciéndose. Se podrá decir que el pueblo de todos modos buscaría el modo de canalizar su idolatría, pero como líderes del pueblo de Dios, muchos reyes cometieron esta negligencia: hicieron «la vista gorda».

Hoy hay muchas cosas a las cuales se les hace «la vista gorda». Se exige el diezmo, pero no siempre se cumple con lo que Jesús mandó: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Muchas congregaciones evaden impuestos. (Aunque enseñan que es necesario hacerlo).

Otras (muchas) no dan el diezmo a sus instituciones superiores, cuando sí lo exigen de sus ovejas. (Aunque el diezmo no es algo que rija para los cristianos en la era neotestamentaria, es evidente que constituye un excelente método de sostén para los diversos ministerios, además de otros «gastos extra» que deberán mantenerse en la más absoluta de las reservas… ¿no suena extremadamente oscuro, por no decir diabólico, que se evite en las finanzas de una iglesia la transparencia absoluta y total?)

Se nos ha ido «torciendo» el evangelio hasta lo que conocemos y vemos en la actualidad.

Cualquier similitud entre el servilismo hacia un líder evangélico con la autoridad papal de la época de Lutero es mera coincidencia…

Se habla mucho de avivamiento, pero en lo íntimo se «teme» que un genuino brote del mismo rompa con toda hipocresía con que se ha vestido la «novia».

Sería bochornoso para la misma, verse desnuda y comprobar que Dios se ha provisto de una menos vistosa, que no proviene precisamente de sus filas y que ha decidido formarla con enfermos, borrachos, prostitutas, adictos, ladrones y homosexuales, aceptándolos en Su reino casi del mismo modo que ocurrió con el ladrón que tuvo Jesús a su lado en la cruz. Éste, no tuvo tiempo de asisitir a células, grupos de crecimiento, ni de visitar enfermos, ni de dar sus ofrendas, ni de cantar canciones, ni de (siquiera) leer la biblia, o dar a otro algo de lo que recibió… Sólo reconoció el señorío de Cristo.

¿No suena fácil el evangelio?

Que el Señor te bendiga !

😉